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Casellas, la calma en el ojo de la tormenta

Un amigo juez lo recuerda.

El juez del Primer Circuito de Apelaciones, Juan R. Torruella, conocía al juez Salvador Casellas Moreno desde que los dos "teníamos pantalones cortos en Miramar".

Torruella, de 84 años, es mayor que Casellas por dos años. Desde Boston y luchando con sus achaques, Torruella accedió a conversar con NotiCel sobre su amigo de la vida y compañero de profesión.

"Yo lo veía venir (el deceso) hace tiempo porque hace tiempo no estaba bien", comentó Torruella al añadir que Casellas recientemente buscó tratamiento en Texas para sus condiciones, que no están divulgadas públicamente, y que volvió sin mucha mejoría.

La conversación con el todavía activo juez de apelaciones me despertó algunos recuerdos propios sobre el juez Casellas, uno de los primeros jueces que me abrió su despacho cuando comenzaba a cubrir el Tribunal Federal hace unos 20 años ya.

"Es uno de los grandes puertorriqueños, que le ha servido a Puerto Rico de muchísimas formas y siempre con excelencia", dijo de entrada Torruella. Antes de que ingresara a la judicatura en 1994 por nominación del presidente Bill Clinton, Casellas era una figura de relieve en administraciones del Partido Popular Democrático, habiendo servido como secretario de Hacienda (1973 a 1976) y como presidente del Banco Gubernamental de Fomento (1976).

¿Perdió el Tribunal Federal a su último juez estadolibrista?, le pregunté.

"No puedo decir porque no conozco las inclinaciones ideológicas de todos los jueces del distrito. Sí puedo decir que el Juez Casellas tenía su propio punto de vista ideológico a lo cual tenía derecho, pero no me acuerdo que eso haya interferido de forma negativa… pero los jueces son humanos y no son un vacío, son el resultado de su experiencia y de su ambiente", comentó.

Una decisión en la que claramente Casellas hizo una apuesta ideológica, y que le generó mucha atención, fue en el 2000, cuando en un caso de pena de muerte resolvió que la aplicación de ese castigo en Puerto Rico era inconstitucional y representaba un "choque a la conciencia" porque los puertorriqueños no votaban por los que habían decidido que ese castigo federal aplicaba a Puerto Rico aún cuando la constitución del Estado Libre Asociado lo prohibe. Un panel de jueces apelativos, en el cual no estaba Torruella, lo revocó, pero todavía ningún jurado puertorriqueño ha fallado a favor de implantar ese castigo a acusados federales en la isla.

"Una cualidad que lo distinguía a través de toda su vida fue su sentido humanista. Una persona muy humana, muy religioso y un religioso que practicaba su religión y eso le servía de balance para bregar con los problemas", dijo Torruella cuando le pregunté por cuál cualidad le distinguía más a su amigo.

La respuesta me hizo recordar mi propia experiencia con Casellas, su oficina llena de cámaras y de arte, su amabilidad, su apertura hasta donde podía hacerlo un juez en funciones. Fueron varias las ocasiones en las que, con el entendido de que serían conversaciones fuera de récord, charlamos o almorzamos en su oficina, con algún sándwich y jugo de por medio, para obtener trasfondo de los casos, explicaciones de algunas controversias, sus impresiones de los temas del día y, claro, algunas interioridades del tribunal que siempre fueron comedidas.

En años recientes, esas conversaciones estaban dominadas por las acusaciones, y convicción, de su hijo menor, Pablo José, por el asesinato de su esposa Carmen Paredes. Pero, a pesar de que se trataba de un tema que tanto le afectó y que tanto le había trastocado la vida, el Casellas que hablaba del caso de su hijo era el mismo de antes, pausado, sin agitación, con voz suave y aferrándose a la lógica en todos sus argumentos. La angustia estaba ahí, a flor de piel, pero sólo era notable para el que lo conociera de antes. En ninguna de esas instancias pidió tratamiento privilegiado ni pidió cambios en la cobertura del caso de su hijo. Presentaba sus argumentos como en un tribunal y apelaba a la razón, sin recurrir al 'ay bendito' ni a la prepotencia a la que usualmente recurren otros funcionarios, de mucho menor jerarquía, en sus interacciones con la prensa.

Toqué con Torruella el tema de la tormenta perfecta que le representó a Casellas el asesinato de su nuera, la acusación y convicción de su hijo, y la muerte de su esposa, Carmen Ana Toro, pero fue escueto.

"Como todo padre, le tiene que haber afectado grandemente. Yo sé que lo afectó y yo creo que la pregunta (de cuánto le afectó) se contesta en sí misma", dijo con un cambio de tono en la voz.

"Él, por su carácter tan bueno que tenía, y por la religión, que creo que es algo que en el caso de él ha sido fundamental en todas las épocas de su vida, creo que hasta donde uno puede superar esos problemas, pudo hacerlo", se limitó a añadir.

"Puerto Rico ha perdido a alguien muy valioso y nosotros los que lo conocimos hemos perdido a un amigo entrañable. Todo lo que yo diga no puede llenar el vacío", concluyó.


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