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80 GRADOS

La crisis después de las elecciones

Por: Juan Lara
Publicado: 02/12/2012 11:10 am

No es mi deseo aguarle la fiesta a nadie, pero, por si no lo sabían, la crisis económica no se acabó con la victoria del Partido Popular en las elecciones recientes. En las reuniones del comité de transición que comenzaron a mediados de noviembre se destapó lo que los economistas ya sabíamos: que la economía todavía no crece, que el gobierno todavía arrastra un déficit estructural de más de $1,000 millones, y que el gobierno entrante tiene realmente pocos motivos para celebrar, aparte de haber ganado las elecciones.

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Hace aproximadamente siete años, comenzando la administración de Aníbal Acevedo Vilá, inició en la Isla un período de austeridad fiscal dirigida a corregir lo que entonces era un déficit estructural de alrededor de $1,300 millones. Luego vino el cuatrienio de Luis Fortuño, que arrancó con un déficit estructural que ya se había hinchado hasta superar $3,000 millones, y arreció la campaña de austeridad con los notorios recortes de la Ley 7 y la miscelánea de impuestos especiales, y casi todos temporeros, que entraron en vigor en el 2009.

¿Dónde nos encontramos en la actualidad, al cierre del cuatrienio de Fortuño? A diferencia de lo que ocurrió en la transición de Acevedo Vilá a Fortuño, en esta ocasión el gobierno saliente deja un déficit estructural menor al que se encontró al inicio de su mandato. Pero, aparte de eso, que es una mejoría lograda a un alto costo, el balance de situación nos deja claramente en aprietos. En varios aspectos cruciales, la situación ha empeorado, y no por incompetencia o maldad del equipo Fortuño, sino simplemente porque la dinámica de los procesos económicos y financieros ha sido desfavorable.

Para apreciar mejor la gravedad de la situación en la que estamos, es útil compararla con la situación en la que se suponía que estuviéramos para estas fechas. Hace casi cuatro años, el equipo de tecnócratas encabezado por Fortuño (con una participación muy destacada del que fuera Presidente del Banco Gubernamental de Fomento, Carlos García) diseñó y puso en marcha un programa de ajuste fiscal muy parecido, en sus elementos principales, a lo que sería un plan de austeridad diseñado por el Fondo Monetario Internacional. En un programa de este tipo, se adoptan medidas de recortes de gasto y aumentos de impuestos que casi siempre ocasionan una recesión. Si el programa funciona bien, las medidas logran cerrar la brecha fiscal y al cabo de unos años la economía se recupera y comienza a crecer nuevamente. ¡Problema resuelto!

Según el plan de la administración Fortuño, se suponía que el déficit estructural se iría reduciendo por escalones a lo largo del cuatrienio hasta desaparecer por completo para el comienzo del cuatrienio siguiente. En ese plan, la recuperación de la economía tenía un papel decisivo: se esperaba que para finales del cuatrienio la economía ya estaría creciendo, lo cual levantaría los recaudos de Hacienda y traería por fin la anhelada salud y estabilidad fiscal. Mientras esto se lograba, había que mantener el freno puesto en los gastos y cubrir el (cada vez menor) déficit anual con más deuda pública. Nótese que el endeudamiento era parte integral del plan, ya que mientras haya déficit tiene que haber deuda. Esto lo saben los bonistas y sus agencias acreditadoras (como Moody’s y Standard & Poor’s), y lo aceptan como un mal necesario en un proceso de estabilización fiscal.

¿Qué fue lo que ocurrió? El crecimiento económico no se materializó, por lo cual el déficit estructural no se eliminó según se había programado. En lugar de equilibrio fiscal, el nuevo cuatrienio abrirá con un déficit que es todavía muy grande. Y aunque el déficit es una tercera parte del que teníamos al inicio del cuatrienio de Fortuño, la deuda pública ha crecido mucho en los pasados cuatro años y tenemos muy poco margen para seguir tomando dinero prestado. También hay menos grados de libertad ahora que hace cuatro años en el manejo de la política de ingresos y gastos del gobierno: no queda mucho donde cortar (sin que de verdad duela) ni muchas fuentes de ingreso sin explotar.

A todo lo anterior hay que añadir la complicadísima situación de los sistemas de pensiones de los empleados gubernamentales. Este es un problema que no tiene soluciones sencillas e indoloras, y está vigente la amenaza de las agencias acreditadoras de comenzar nuevamente a degradar los bonos del gobierno de Puerto Rico si no se toman medidas efectivas para resolverlo.

Ante este cuadro es evidente que el gobierno entrante no puede continuar ofreciendo rebajas contributivas y que de seguro tendrá que suspender las que ya están previstas en la ley de reforma contributiva que se aprobó a mediados del cuatrienio que termina. También es bastante previsible que el equipo de Alejandro García Padilla tenga que negociar con las compañías manufactureras estadounidenses que operan en la Isla (mayormente, las farmacéuticas) para extenderle la vida al arbitrio especial que les impuso la administración Fortuño. Ese arbitrio, que inicialmente fue de 4% y que está diseñado para irse reduciendo de manera escalonada hasta desaparecer en varios años, ha sido el salvavidas de Hacienda en el último año y medio. Si García Padilla fuera a hacer valer la promesa que hicieron de manera precipitada algunos líderes populares —al calor de la contienda política— de eliminar dicho impuesto (en esto, el PPD suele aliarse con las empresas manufactureras), sería como decretar la quiebra del Estado.

Pero todo lo mencionado hasta ahora serían sólo medidas de emergencia para taponar la sangría. El reto más grande —luego de atender el tema del retiro— sería diseñar y poner en marcha un programa de reactivación económica. No es fácil imaginar un conjunto de medidas que puedan echar a andar el motor atascado de esta economía, máxime cuando la inyección de unos $8 mil millones en fondos ARRA no bastó para lograrlo. Con el tirijala fiscal entre el Congreso y la Casa Blanca no hay ni que pensar en un programa de estímulo federal; más bien habría que prepararse para enfrentar recortes.

Y, como si tanta exigencia fuera poca, tampoco bastaría con un programa efectivo de reactivación económica, ya que para alcanzar un estado de crecimiento sostenido hace falta rehabilitar la base productiva de la Isla, para lo cual se necesitan reformas controvertidas y de mediano plazo. La tarea podría ser demasiado, por lo menos al presente, para los líderes del Estado y la sociedad civil.

Lo que sí parece muy probable es que el nuevo gobierno tenga que aplicar nuevamente medidas de austeridad, simplemente para evitar que la situación fiscal se salga de control a comienzos del nuevo cuatrienio. Eso nos podría empujar nuevamente a una recesión, porque la economía está demasiado frágil. De ser así, habría que pensar seriamente en promover un proceso de concertación para definir no sólo un programa de estabilización, sino también un programa de reformas estructurales. Habría que pensar también en cuál debería ser el papel del gobierno de Estados Unidos para apoyar ese esfuerzo de reformas. Recientemente, un colega de la Universidad citaba en un artículo una famosa maldición china: Que te toque vivir en tiempos interesantes. Estos lo son.

*El autor es economista. Tomado de la revista 80 Grados.


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