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80 GRADOS

Vende o se vende: el caso de la Comay

Por: Vivian Mattei Colón
Publicado: 08/12/2012 10:55 am

No, no estoy investigando, aunque debería. Lo que comparto es solo una reflexión como observadora limitada a redes, medios y comentarios sobre lo que comenzó como una petición de ayuda entre amigos y pinta como el derrumbe del programa de televisión más popular.

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Mientras escribo, mantengo abiertas par de páginas en línea que constantemente actualizan un box score de comercios que van retirando sus mensajes publicitarios del programa de mayor audiencia y mayor costo de pautas en el país. ¿Qué vale más, el rating o la reputación? Me imagino las discusiones entre relacionistas y publicistas ante la marejada virtual de opiniones y reclamos por desangrar económicamente al susodicho programa.

Esta escalada mediática comenzó apenas con un llamado entre amigos a pocas horas de desaparecer un simpático y conocido publicista. Pero si analizamos desde la psicología social este caso, en comparación con otros crímenes que han generado interés a gran escala, veremos elementos distintos que sientan un precedente en el uso de los medios masivos, tanto tradicionales como alternativos.

Distinto a otros casos, como los de jovencitas asesinadas por las llamadas balas perdidas u otros crímenes de inocentes que se encontraron entre fuegos cruzados, el caso del publicista fue uno que antes de ser noticia o estadística policiaca permitió que muchas personas se involucraran desde el momento de su desaparición. En el principio, tuvo gran credibilidad porque la petición de ayuda para buscar un desaparecido corrió inicialmente entre amigos, y luego entre amigos de amigos, por las redes sociales. No se trataba de un “otro”. Este era un “nosotros.”

Esas primeras horas, todos los que compartimos la súplica y las fotografías entrábamos con un share o un like en una cofradía virtual de justicieros que nos retábamos a conseguirlo a salvo.  Le pusimos mucha energía emocional, como cuando veíamos a Culson correr y sentíamos que nuestro pensamiento colectivo lo elevaba en la pista.

Por eso, cuando comenzaron a salir a cuenta gotas las historias de que parecía que estaba muerto, la caída emocional y el proceso de pérdida fue colectivo.  De la negación pasamos en segundos al coraje.  Pero había sentimientos contradictorios pues sentíamos que la búsqueda intensiva en las redes había favorecido que se esclareciera el caso con una prontitud insospechada en un país, donde solo el 30 por ciento de los crímenes se esclarece.

Aún con la herida abierta de saberlo matado de forma vil, y con la negación encendida por las posibles imprudencias de la víctima, entró en la escena el programa de la muñeca para echarnos en ella, no digo sal, sino amargo vinagre, como es su estilo.  Solo que en esta ocasión, tocaba una fibra que desconocía de este pueblo.  Una fibra que probablemente el mismo pueblo no sabía que tenía y que podía ejercer con poder.

La reacción fue visceral, pero solo hasta cierto punto.  Fue emocional, agresiva, impulsiva, pero arrastrando un largo historial de impunidad por reputaciones asesinadas.  La muñeca más vista y más escuchada se metió con los publicistas, esos que la venían alimentando por años en pautas costosas basadas en ratings inflados por el voyerismo popular y la sed de cadalsos virtuales.

Aquí la bala no estaba perdida. Salía por la culata. Y la plaza de ejecución se mudó del canal de Guaynabo a las redes sociales.  Unos pedían censura, otros educación para un pueblo ignorante, pero lo que más pudo fue cerrarle el grifo publicitario, algo que nunca había tenido tanto éxito en la Isla.

Pocos se metían con La Comay, pues su lengua viperina era temida por los latigazos sin piedad y las consecuencias en la reputación.  Su poder era su audiencia.  Si nosotros mismos los que la veíamos, aunque fuera de vez en cuando, pero mucho más los que le justificaban su odio con sus “buenas obras” como la campaña de Justicia para Lorenzo.  Nadie la paraba.  Ni las demandas, ni las querellas, ambas manejadas hábilmente por su verdadero manejador, WAPA.

Al igual que aquel sabio escrito sobre los nazis, mientras no se metía conmigo, me disfrutaba sus ataques inmisericordes, algunos que me sospecho eran también auspiciados.  Y seguía subiendo la audiencia y con ella los anunciantes.

Pero ahora nos tocaron nuestro muerto.  Sí, porque se convirtió en el muerto de todos porque todos luchamos por encontrarlo vivo.  Ahora no atacaba a un desconocido, nos atacaba a todos en una comunidad virtual que todavía teníamos una herida abierta.  Y comenzamos a darnos cuenta de que juntos podemos más.

Veníamos de sentirnos victoriosos y poderosos feizbuqueros y tuiteros.  Habíamos ganado un referéndum, unas elecciones, un esclarecimiento y ahora, podíamos tumbar un verdugo. El grito se escuchó inicialmente de forma desorganizada; unos aquí otros allá.  Pero pronto, cual rayo laser, comenzó a unificarse para tener más poder.  Al igual que en las otras victorias, había un grado de incredulidad ante lo titánico del opositor. Pero poco a poco comenzó a caer el gigante, amarrado por cientos de cuerdas virtuales de los pequeños, los insignificantes, los invisibles. David contra Goliat, Liliput contra Guliver, el pueblo versus La Comay.

Nadie muere en vano… ni vive en vano.  Este no ha sido un asesinato más.  Este suceso nos abrió los ojos a muchas cosas que traen pie forzado para revisar las propuestas para combatir el crimen, las campañas de valores, el uso de las redes, los criterios para pautar los medios, para educar a un pueblo, para juzgar a un ser humano, para divertirse con el dolor ajeno.

Los implicados son los únicos testigos.  Familiares de al menos dos de ellos, tuvieron el valor de entregarlos a la justicia.  La víctima parece que fue imprudente, como tantas veces podemos serlo nosotros mismos en diferencias circunstancias. Ya algunos toman bandos entre los buenos contra los malos.  Peligroso etiquetar al “otro”.  Mejor aprendamos de lo que logramos con los “nosotros”.

Mientras escribo, reviso las redes.  Siguen aumentando los que escogieron su reputación sobre su exposición.  ¿Compromiso o solo otro ardid publicitario?  También corre en las redes otra foto de cajero automático del más reciente atracador, un “otro” con cara de típico boricua. WAPA sigue defendiendo a La Comay.  También lo hacen miles de televidentes que no se imaginan viviendo sin esa catarsis diaria.

Cuando pase el furor, los anunciantes y las agencias de publicidad, ¿volverán a sucumbir a los ratings, a esos que producimos nosotros mismos divirtiéndonos con la venganza, para que luego nos vendan como audiencias obedientes que consumimos para sobrevivir?

*La autora es profesora de Comunicaciones en el Recinto Ponce de la Universidad Interamericana. Tomado de 80 Grados.


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