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80 GRADOS

Los sabores de la nación: la cuarta estación (video)

Por: Juan Otero Garabís
Publicado: 23/12/2012 02:11 pm

Vídeo 

A Carmelo

Virgen, dame aché

La carrera artística de Rubén Blades ha seguido un derrotero muy diferente de las historias de injusticias y estancamiento social que denuncia en sus canciones. Ya para comienzos de la década de 1990, según Leonardo Padura, “su música le había permitido convertirse en ídolo de millones de latinoamericanos, la esperanza viviente de muchos panameños, y el artista que a través de su trabajo enormemente popular, había logrado penetrar el alma y la ruda realidad cotidiana de miles de admiradores que lo habían transformado en el más famoso, más escuchado y en el más prometedor cantante en Nuestra América”. Sea por inconformidad con estos éxitos o por ser consecuente con el compromiso social y moral que expresaba en sus canciones, en entrevistas y cada vez que se subía al escenario, el caso es que en 1994 Blades funda el Movimiento Papá Egoró (Madre Tierra) por el que se presentará como candidato presidencial en las siguientes elecciones. Tras su fracaso, varias giras y algunos discos en el 2004, acepta ser Ministro de Turismo de Panamá, después de un debatido apoyo de Papá Egoró al candidato presidencial del Partido Revolucionario Democrático. Cinco años de ministerio público interrumpieron su grabación del disco que lanzará al mercado tras la avasalladora derrota del PRD en las elecciones de 2009: Cantares del subdesarrollo. Para refrescar la memoria, este es un disco grabado en el garaje de su casa en Los Ángeles, por el cual recibió su cuarto Grammy. Sí, el Ministro de Turismo de Panamá tiene una casa en Los Ángeles: él estaba haciendo servicio público.

80 GRADOS

Pero no solo lo grabó en su garaje, sino que fue el artesano que grabó uno a uno casi todos los instrumentos y las voces que componen su nueva versión del rumbón caribeño. Si “Pedro Navaja” estaba armado como si al rumbón de uno o dos chamacos en la esquina se fuera sumando casi to’ el que pasaba, incluyendo la sirena de la Policía y las cosas que transmite la radio; Cantares del subdesarrollo forma un rumbón sabrosón (sabrosonski en Rusia, diría Chamaco Ramírez) casi con el corillo exclusivo de Rubén Blades y Walter Flores, el sonidista. Se trata nada más y nada menos que de la “continuación de los personajes y eventos originalmente descritos en la historia de Maestra Vida, que une toda mi producción, desde 1969 hasta el presente , 2009”, según él admite en la cubierta del CD. Además es una grabación que le negó a la SONY y que se vendía a $10 por Internet y en sus conciertos. ¡Y había gente que quería pirateársela!

Rubén nos dice en dicha cubierta:

Yo grabé maracas, bongó, campana, tres cubano, guitarra acústica, con cuerdas de metal y de 12 cuerdas. Grabé la voz y todos los coros.

Walter Flores grabó flauta traversa, cajón peruano, percusión menor, bajo y percusión sintetizada. También hizo la edición de audio, mezcla y master.

Las congas de las canciones son samples tomados de grabaciones hechas por Mark Quiñones, Oscar Cruz y Rey Cruz.

El disco lo grabamos en el garaje de mi casa en Los Ángeles, California.

El disco se propone reunir el espíritu de su producción de cuarenta años y hacerlo en modelo neo-techno-artesanal de pequeña compañía en contra de los Big Trusts. Es la atemporalidad magistral de discursos de tres épocas diferentes: la martiana, la posmoderna del barrio, y la pos-posmoderna de los Occupy movements. ¡Y el disco le quedó de colección!

Intentar describirlo es como invocar al exorcismo, pues se trata de una sabrosura retrosalsera-artesanal que logra el sonido de un rico rumbón de esquina: ¡armado por él solo! Cantares reúne en diez que son once temas las simetrías de los rizomas que Rubén ha tejido en cuatro décadas con un afinque panameñonuyoricanboricuacubano de excelencia olímpica. El tema que fue el éxito del disco —que nunca fue tal éxito como “Pedro Navaja”— es una excelente muestra de las coordenadas culturales que convoca esta “humilde” grabación. Se trata de un chiste pendejo musicalizado: “Tú te te lo pipí / Tú te lo pipí”. Parodia del tartamudeo borracho con el que se reitera la historia del encuentro del borracho con la prostituta. ¡Josefina Wilson! ¡Juana Mayo! Al contar la historia, “El tartamudo” (así se llama la canción) se conjuga como la versificación de una conversación de unos señores en un bar o de unos jóvenes en el balcón de sus casas. Uno de ellos cuenta el chiste y durante los coros, Blades moldea su voz para dramatizar la coincidencia de diferentes personajes que abonan con chistes complementarios. Y ese corillo de voces que invoca a las narraciones de Maestra vida —historia polifónica hilada por Babá Quiñones— es la nota destellante de esta grabación. Los temas están prologados o epilogados por conversaciones simuladas que imaginariamente ubican la escena en diferentes espacios del barrio: es decir, del Solar de los Aburridos.

En tres de los temas se relata la rudeza de la vida urbana y suburbana; en cuyas calles late la rivalidad guaperil, narrada con el sentimiento característico de Blades. Allí se vive con el presentimiento de que se está rebasando el borde: estamos en la “segunda mitad del noveno, aquí se decide el juego y no podemos perder”. De las voces de ese barrio surge la crítica a las políticas neoliberales de privatización que venden “un país portátil” y que el coro llama a defender porque “esta es tu raíz”. Sin embargo, el padre de Camilo lo manda a callar cuando interpreta el “Himno de los olvidados” —porque lo considera comunista— y el despertador interrumpe el encuentro con “Olaya, la reina del mar”. No obstante, a pesar de que las ilusiones patrias y románticas tienen poco espacio en esa comunidad, estas voces invocan en ceremonia singular el “Símbolo”: “de mi tierra lo más bueno representas toda el alma de la gente, de un país su identidad”. Este tema tiene dos versiones en el disco, únicamente diferenciadas por el coro que en una identifica al “Canal de Panamá” como el símbolo patrio y en otra refiere a la tierra “que me vio nacer” y que “de amor me cubrirá”. ¿Qué pasa con las intervenciones vocales del solista cuando son enmarcadas por coros diferentes? ¿Acaso refieren a dos formas de decir lo mismo o la diferencia del coro que con sus frases le da nuevos significados?

Más allá de la plurivalencia de sus palabras, “Símbolo” reitera en Cantares el discurso que Blades constantemente ha armado en sus composiciones y grabaciones, protagonizadas tanto por las historias y voces de “Juan González”, “Buscando a América”, como de “Pablo Pueblo”, “Pedro Navaja” y Camilo Da Silva. Para Rubén Blades —con su “alma de poeta, brazos de amante, piernas de calle y ojos de hielo”— la “patria son tantas cosas bellas”, pero el barrio —ese reducto semiótico al que en esencia se pertenece y siempre se vuelve— es una esquina de conflictos, y de múltiples voces, hermanadas por la sobrevivencia: “soy de allí / de los que sobrevivieron”. La vida cotidiana es demasiado ruda y amarga para pasarla soñando con “Olaya”. Sin embargo, la nostalgia embellece ese barrio al pintar los conflictos y la violencia dentro de códigos de honor y de honra, celebrados siglos atrás por poetas renacentistas y barrocos. Todas estas voces parecen unirse para celebrar que la “Patria son tantas cosas buenas”, aunque el barrio no lo sea.

La coherencia de su discurso a lo largo de casi cinco décadas es tal que no parece haber contradicción entre la multitudinariedad citadina y el ideal nacionalista, pues los significantes de la patria son tanto el Canal, como los pork ‘n beans y la “manta que cuando tenía fiebre me ponía mi mamá”. La descripción en ocasiones fría —a lo Capote— de esas vivencias está matizada —a lo Matisse— por el afecto, la nostalgia y la esperanza. Entre esas voces se cuela un rezo a la Virgen pidiéndole su “Bendición” y su aché, “para que no duela la vida”. Esa que en “Maestra vida” Ramiro no comprendía, luego de no llegar al entierro de su padre Camilo, “porque el patrón negó el permiso”. Valga recordar el grito de Ramiro solo en el cementerio llamando a “¡Carmelo!” como si fuera la queja de un ángel caído, abandonado por su dios: solo, desamparado ante la muerte del padre. Carmelo, ese padre, que es y fue simplemente otro “Pablo Pueblo” más.

Y como si nos regalara el privilegio de presenciar la imagen del artista creador frente a su obra —como si estuviéramos frente a Tito Lara con su piano, Silvio Rodríguez y su guitarra, el trovador medieval y a Homero con su lira—, Blades interpreta “El tartamudo” para su página web:

Fundir lo trascendental con lo cotidiano, la literatura con la música popular, es el signo de su obra que aún, como dice Padura, representa la esperanza de muchos latinoamericanos. Porque lo que para otros parece conflictivo, Blades presenta el amor patrio, con la identidad del barrio y el sabor de un “arroz blanco, con pork n’ beans, en plato hondo y con cuchara y bien frito el huevo”.

Es también el signo de este tiempo de finales de las utopías. Desde este fingido rumbón artesanal, Rubén invoca y convoca nuevamente al barrio, la nación y el continente; pero este constructor de rumbones hizo este rumbón nostálgico solo en su garaje, sin Willie Colón, Oscar Hernández, Mike Viñas, Ralph Irizarry, Papo Vázquez o Reinaldo Jorge.

*El autor es profesor de Literatura Puertorriqueña y Caribeña en la Universidad de Puerto Rico. Tomado de 80 Grados.


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