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80 Grados

Nota publicada hace más de 60 días.

Antes que cante el gallo o la necesidad de rectificar a un país

80 Grados

Rubén Alejandro Moreira
24/09/2016 01:18 am

Vaya a ver la película Antes que cante el gallo, no porque es una película puertorriqueña, sino porque es una buena película. Después que la vea tendrá muy claro que, además es una película puertorriqueña, lo que la hace doblemente importante. Hacer cine en Puerto Rico es muy cuesta arriba dados los altos costos, las dificultades técnicas, y en buena cantidad de ocasiones los creadores se ven en la necesidad de incurrir en labores de producción y búsqueda de fondos. Esto desvía su talento y concentración, desarmonizando su labor en la pantalla. Aquí esto no ocurre en ningún momento. El poder hacer un cine pensado desde nosotros y para nosotros, que a su vez pueda proyectarse con toda la intensidad y honestidad que conlleva a públicos internacionales, es cimentar una cinematografía propia.

La película, dirigida por Arí Maniel Cruz y escrita por Kisha Tikina Burgos, le permite constatar al público general, que un film sobre una persona común de nuestro País, no solo es posible, sino interesante. Se había anticipado con variados logros en las décadas del cincuenta y sesenta, Amílcar Tirado, Jack Delano y Luis Maysonet, así como en los noventa, lo hizo la puesta en pantalla de algunos cuentos de Abelardo Díaz Alfaro un Luis Molina Casanova. Actualmente, ante un cine estadounidense comercial y altamente invasivo, en conjunto con una crisis espiritual e ideológica que nubla los derroteros y la autoestima de nuestro País, y que ha borrado e interrumpido la desconocida historia cinemática nacional, muchos pudieran pensar que una película sobre una adolescente en un campo puertorriqueño no calaría lo suficiente como para ser taquillera en un mundo tan pretendidamente cosmopolita, y mucho menos para ser una obra de arte. Esto último justamente es lo que es Antes que cante el gallo, y debiera reflejarse en la taquilla próximamente. Si esto no ocurre, estamos más enfermos que lo que quisiéramos admitir.

Estamos frente a una producción muy cuidada, intelectual y técnica. Es una cinematografía sin ripios. Con una retórica tanto visual como sonora muy natural, distanciándose de todo lo anterior, sobre todo de los trabajos de los ochenta de Jacobo Morales, que tenía un tipo de visión más teatralizada –pertinente y efectiva- como se dió en Dios los cría y en Lo que le pasó a Santiago. El enorme hueco negro cronológico en películas de relevancia en nuestro País, hace que evoquemos a estas estrellas perdidas en un firmamento casi vacío. Para demostrar señas de buena salud, un país debe tener un acopio de películas cuyo espejo le permita contemplarse a través del tiempo. A veces sentimos que no tenemos ese espejo, o que el espejo se empaña por décadas. Por eso es que producciones como Antes que cante el gallo son fundamentales, al igual que otro trabajo reciente, La Granja, de Angel Manuel Soto.

Esa naturalidad se refleja en la película con la selección de los escenarios, así como en el vestuario y en la toma de una cotidianidad que no se engola en ningún momento bajo pretexto de “glamour” fílmico. Por el contrario, se ve un compromiso con mostrar una realidad densa, adversa, con una belleza que se cuela por el crisol de una vitalidad porosa y verdadera. Es una cinematografía que persigue a sus personajes en las cuestas embreadas de nuestros montes, con carros destartalados o pimpeados. Se pasea por el balcón de una casa levantada en zocos. La cámara choca abruptamente con una cama que acusa hacinamiento familiar, pero también sale y se abre a platanales y montes rotundos de vegetación. Este paisaje devela su belleza, pero también puede ser abrumador y cómplice de lo que realiza impunemente el ser humano. La puesta fotográfica de Santiago Benet es muy acertada y poética, tanto en los momentos crudos, como en los que nos permite alivios de familiaridad con nuestros paisajes. La selección del vestuario es cónsona a la pobreza material que desea representar Cruz. Por supuesto, el elenco sostiene un largometraje con múltiples sentimientos en el aire, que mantienen el interés tanto psicológico como en la secuencia de la trama.

Y es necesario preguntarnos ya, ¿por qué contar una película en Puerto Rico desde una adolescente? Desde el punto de vista del medio actual, rompe con el cine comercial inmediatamente. Pero también es relevante para permitirnos calibrar el tejido social de nuestro País, y la enajenación y violencia que se puede vivir a diario. La falta de atención de los padres, o la falta de padres, es un tema central de la película, y refleja un problema cuyo padecimiento se ramifica en otros males que aquejan, no solo al joven que lo padezca, sino a muchas más personas en la sociedad.

Carmín, protagonizada ejemplarmente por Miranda Purcell, es una jovencita que vive con su abuela. Al comienzo del film, su madre, embarazada de otro hombre que no es su padre, le da la noticia de que se mudará a la Florida para buscar trabajo, de modo que es capaz de poner mar por medio y desatender definitivamente a la niña. Por otra parte, Rubén, el padre de ella, ha estado doce años en la cárcel y cuando sale, es un perfecto extraño para ella. La trama, así como el trabajo psicológico tanto desde Rubén como desde Carmín, hilvanan la posibilidad de un incesto a consumarse, no obstante, él se la va ganando en afecto de padre, sin perder las ambigüedades incestuosas, pero ella, por no querer perderlo otra vez, lo cela como si fuese su pareja. Precisamente, la tensión escalará, pues aunque se mantiene en silencio el chisme de barrio acerca de la razón que originó la encarcelación de Rubén, se nos develará que el personaje es propenso a tener relaciones con mujeres casadas. El vínculo al tema del machismo, y la violencia derivada de esto, le será evidente y conflictivo al espectador.

Las actuaciones potencian un guión complejo en la ramificación implícita de los problemas familiares que repercuten en la sociedad puertorriqueña. Purcell logra representar, de un modo muy convincente, a una joven decepcionada con muchos aspectos vitales, sobre todo por la falta de atención paterna, como hemos expresado antes. Hay un abanico de emociones que se despliega. Frustración, ternura, amor, sorpresa, pasando por la firmeza -que en muchas ocasiones no se le adjudica a nuestros adolescentes- ampliando su registro hasta tocar fibras altas como el miedo o la ira. Esta representación se concierta con las magistrales actuaciones de Cordelia González y José Eugenio Hernández. González encarna una abuela en un medio rural cuyo único entretenimiento y vínculo social comunitario es formar parte de un culto a la Virgen, que luego se pondrá en tela de juicio con las hipocresías de los feligreses. Es un personaje duro, sufrido, pero resiliente, pues es la que se encarga de su nieta, al igual que muchas personas de la tercera edad en nuestro país. Hernández, por su parte, encarna un hombre mujeriego, que sale de la cárcel ávido de recuperar el tiempo perdido, y aterriza en la vida de Carmín, después que ha estado prácticamente toda su vida ausente. La encomienda actoral de Hernández es harto compleja y es realizada con todas las sutilezas que conlleva. Hombre suficientemente joven para ejercer su atractivo en una hija que no lo conoce como padre, lo que permite los tonos ambiguos pero constantes de posibilidad de incesto, encauzados por el film. Padre y hombre se bifurcan en una amalgama que viene y va tanto en su personaje como en el de Carmín, y complicándose con su rol de hijo de la abuela de ésta. Por otra parte, el personaje masculino permite una reflexión sobre el problema del machismo, así como de las relaciones de pareja, que en muchas ocasiones se generan irresponsablemente, desatando otros problemas de índole familiar. Las actuaciones de personajes transitorios o circunstanciales guardan el mismo nivel de excelencia y naturalidad. La madre, realizada por la misma guionista; el esposo o compañero de la madre, Yamil Collazo; la maestra de inglés, representada por Isadora Lee Cintrón; el esposo de la maestra, Israel Lugo; y el amiguito de Carmín, llevado a cabo por el joven Pablo Alicea. Este último es fundamental, pues el contraste entre el mundo adulto y las necesidades de los adolescentes, se tornarán cada vez más abismales.

La falta de compromiso, incluso con nuestros seres más queridos, hace que desatendamos lo que debiéramos atender con mayor fidelidad y cuidado. Hemos perdido la familia y con esto, la responsabilidad con el otro. No se trata necesariamente de pobreza. Sí, la pobreza está ampliamente consignada en la película. La falta de educación, y por consiguiente, la deficiente preparación de las personas para obtener un trabajo cualificado se muestra. Las tienditas precarias, tanto de pueblo como de campo, la falta de interés por hacer cosas inteligentes que modifiquen la vida de los ciudadanos… Pero alguien podría decir que no es una pobreza cruda, sino aburrida, torpe, impotente. Lo que es suficiente para llamarse pobreza. Sin embargo, Antes que cante el gallo, pone el énfasis, por encima de esto, en el problema de la fibra moral. La película nos presenta una sociedad sin vértebra. Acaso sostenida por viejos, que todavía aguantan lo insostenible. Pero cuyas generaciones jóvenes están a expensas de generaciones intermedias, que no asumen su responsabilidad, y mucho menos, liderazgo. ¿Pero que liderazgo puede haber sino hay paternidad asumida? El macromundo de nuestra sociedad viene quebrado desde el micromundo familiar.

En los momentos álgidos del film, se proyecta una sociedad borracha, sin control de sí misma, y que no puede reconciliar adecuadamente una vida sexual, distanciándola de los deberes familiares. El alcohol enajena por un lado, y la religión, por el otro. Es una ceguera con estándares dobles, imposibilitando la verdad al puertorriqueño. Cuando el padre reprime a la hija por chota, ¿no tiene razón la hija de los actos deplorables del padre? ¿Cómo puede ser que nuestra sociedad condene con mente de pirata, a quien subraya lo que está mal? Persiste en nosotros, una mentalidad de maleante, y sin embargo, la violencia causada por esto, en maridaje con un machismo todavía recalcitrante, es aún mayor.

La ausencia… es muerte. No se puede parir hijos sin ton ni son, pues los hijos necesitan que uno esté en sus vidas constantemente. Hay que dedicarles tiempo y amor, palabras y actos que en este mundo postmoderno suelen faltar con demasiada frecuencia. En un abrir y cerrar de ojos, es decir, antes que cante el gallo –metáfora puertorriqueña para aludir al momento de arribo del primer periodo femenino- la joven ha perdido madre y padre. El andar se tornará más cuesta arriba. Esa sangre marca una adultez de pesares. No obstante, la firmeza de Carmín cuando confronta a la abuela al final, permitirá un esclarecimiento de la actitud a seguir. Sí, tenemos que escuchar a nuestra juventud. Ella tiene demasiadas cosas que decirnos. Contar una película desde una adolescente, nos deja saber de todo lo que adolecemos. No solo hay que escucharlos. Hay que aprender de ellos también, si no, perderemos el País… antes de que cante el gallo.

*Tomado de 80 Grados.


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