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Nota publicada hace más de 60 días.

Obama y Oscar: Lo que pasó y lo que no

80 Grados

Alejandro Carpio
07/01/2017 12:23 pm

Las fotos de Obama cuando visitó la cárcel de Robben Island, en donde estuvo encarcelado 19 años Nelson Mandela, son de los documentos más ridículos e hipócritas de lo que va de siglo XXI. Cariacontecido y lánguido, con este stunt Obama intentó asociarse con la lucha por la libertad de los negros surafricanos. No se trataba de la primera incursión en la impostura del presidente; recordemos que llegó a la Casa Blanca queriendo hacerse eco de las palabras y acciones de Martin Luther King, una figura moral de firmeza eterna con quien nada comparte. Jamás sabremos la medida en la que Obama se creyó que su estafa era real. No importa. Las fotos se mantienen como el testimonio de una insinceridad.

Nelson Mandela, considerado un líder terrorista por el gobierno estadounidense hasta 2008, mereció el desprecio furibundo de Ronald Reagan, tan admirado por Obama. Resulta que Mandela entendió que asociándose a la izquierda internacional abriría la puerta por la que el apartheid surafricano se exterminaría. Por su parte, Reagan siempre fue precavido al condenar el apartheid: “If apartheid ended now there still would be civil strife between the Black tribes”, dijo famosamente para condenar las sanciones al gobierno surafricano. Mandela recibió apoyo incondicional de la Cuba castrista, cosa que siempre agradeció, y que –si coqueteamos con el cinismo- le permitió a Fidel quedar bien parado en una lucha justa. La historia está ahí, para el que tenga ganas de absolver.

¿Qué importan las intenciones de los cubanos? A Mandela y a las naciones africanas aplastadas a mediados del siglo XX les concedieron el inicio de una libertad que hoy en día sigue por alcanzarse. La cosa es que Obama, el heredero de Reagan, se dio la vuelta por la cárcel en la que estuvo Mandela, se sacó unas fotos con cara de pena y esas fotos están ahí para nuestra consideración.

No equipararé a Mandela con Oscar López, algo que ya han hecho otros. No vale la pena porque esta equiparación solo convence a los conversos. Poca consideración le trajeron a Obama aunque, una vez más, jamás sabremos qué tiene en la cabeza el presidente estadounidense; no sabremos cómo no se responsabilizó en hacerle justicia a Oscar; no sabremos la medida en que desprecia las luchas por la liberación de un pueblo (aun en personas asociadas, según Washington, al terrorismo).

No es asunto mío criticar la campaña de excarcelación de Oscar López y la medida en que intenta proyectarlo como una víctima. Quizás me equivoco (suelo equivocarme), pero veo a Oscar como a un soldado, no como a una víctima. Se trata de un soldado que eligió luchar por lo que pensaba era la liberación de su pueblo con lógica análoga a la de Nelson Mandela (y un largo etcétera que bien podría incluir al mismo Washington). El haber rechazado el perdón que le concedió Clinton, en solidaridad con sus compañeros de lucha, me crea mentalmente el perfil de un luchador, de un soldado (en ese extraño buen sentido de la palabra) que no necesita que entendamos sus acciones con condescendencia.

Oscar López no merece mi compasión, sino mi admiración, al igual que el negro Mandela, por quien yo sería incapaz de apiadarme. Quien lucha por la libertad puede merecer nuestra objeción, pero ¿nuestra pena?

Obama ha expresado su menosprecio cósmico ante la lucha de Oscar. Por qué exactamente, nunca sabremos; de mi parte, sospecho ese honesto y vulgar desprecio imperial por los súbditos revoltosos. Obama tuvo casi una década de oportunidades para hacer que sus fotos estúpidas en la cárcel de Robben Island cobrasen sentido; esto, sin el más mínimo detrimento a su prestigio político o su agenda. Nada le importó. Líderes de su nación y de otras demandaron el fin de la condena injusta y desmedida del puertorriqueño, cosa que a Obama jamás le preocupó. No estoy en los zapatos de Oscar, pero de haber recibido ese indulto tardío, rogado y obvio que merecía, me hubiese negado, mandando a Obama al mismo centro de la mierda, por hipócrita, por farandulero y soberbio.

A un nivel muy básico, la presidencia de Obama nos demostró que el color de la piel no significa demasiado. En más de un nivel, los negros estadounidenses viven peor ahora que bajo Bush. Culpar a Obama exclusivamente sería injusto; no es menos cierto que nuestro presidente fue lo suficientemente cuidadoso como para no tratar el racismo de su nación de manera responsable. Eso sí: se tomó unas fotos melancólicas en la cárcel en donde estuvo Mandela. También le dirigió alabanzas a Luther King, feroz antagonista de los esfuerzos bélicos imperiales; estas alabanzas ocurrieron a la vez que Obama privatizaba y expandía la guerra en África y el Oriente, invertía miles de millones de dólares en el arsenal atómico de Estados Unidos, ordenaba asesinatos, callaba ante la violencia israelita y un vergonzoso y triste etcétera.

Si entendiésemos la figura de Obama, su gigantesca e importante traición, nos provocaría vértigo imaginar que hubiese excarcelado a Oscar López. Estamos ante el presidente que eliminó cualquier atisbo de democracia para los ciudadanos estadounidenses de la isla de Puerto Rico. La excarcelación de Oscar hubiese sido un stunt publicitario para limpiar su imagen; una foto bonita, sin embargo, que el presidente rehusó tomarse.

Ante el espanto inmensamente mayor que entraña la presidencia de Trump, Obama será recordado con añoranza por buena parte de la población. Les ruego a aquellos que quieran entender la historia de nuestra isla, y el legado del presidente Obama, que volvamos de vez en cuando a las fotos de Robben Island y recordemos el rostro terrible de la hipocresía, de la inhumanidad y de la estupidez.

*El autor es profesor de literatura en el Recinto Universitario de Cayey, Universidad de Puerto Rico. Actor y autor. Miembro del elenco de Teatro Breve. Su novela "El papel de Lija" ganó el premio Alba Narrativa de 2011. Tomado de 80 Grados.


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