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80 Grados

Profesores de blanco y democracia

80 Grados

Roberto Alejandro Rivera
10/06/2017 01:10 am

*Nota del autor:  El siguiente ensayo, continuación de “La Universidad y sus desconciertos”, publicado en 80Grados, está dividido en secciones que se pueden leer por separado. Con toda la intensidad que la distancia magnifica, seguí la huelga recién concluida, una que por la peligrosidad que le dio lugar, ha sido, posiblemente, la más necesaria de todas.

Enigma-pregunta: Con el fin de la huelga del 2017, ya sus participantes y muy especialmente los estudiantes y los docentes, se impondrán la tarea ineludible de evaluarla. Una pregunta-enigma parece pertinente: si los estudiantes hubiesen aceptado los pre-acuerdos del 20 de mayo, se podía declarar, en aquel momento, el triunfo de la huelga sistémica? ¿Y si los acuerdos son ratificados por la mayoría de la Junta de Gobierno, una vez constituida, sería entonces un triunfo? Una huelga estudiantil tiene varias formas de construir su éxito o fracaso, pero es razonable utilizar acuerdos alcanzados como uno de los criterios. Creo que los acuerdos contienen logros significativos y hechos pioneros. Hasta donde mi conocimiento llega, fue la primera vez que la Junta Universitaria, el cuerpo más representativo de la Universidad, avaló el resultado de una negociación. También fue la primera vez que la Junta Administrativa de Río Piedras hizo lo mismo. Los que apostaron al fracaso de los estudiantes necesitarán insistir que la huelga fue un desastre irredimible. Pero estamos ante un dogma que, como todo dogma, está anclado en terrenos emotivos donde no hay fertilidad para lo nuevo. Como contraparte, sería igualmente dogmático e irresponsable negar posibles errores acontecidos entre la militancia estudiantil.

Los profesores de blanco: En el profesorado, la huelga puso en relieve las visiones conflictivas de sus componentes, muchas de ellas desconocidas hasta entonces. Pero esos conflictos han tenido resultados que, a mi juicio, son positivos. Uno es la creación de una organización que agrupa al ilotismo académico, a los intelectuales sin plazas que han vivido y enfermado en carne viva la precariedad de las ternuras neoliberales desde mucho antes del derrumbe. El segundo es la proliferación de los profesores auto convocados, espacios autónomos de deliberación (PROTESTAmos en Mayagüez, PAReS en Río Piedras, DeMos en Cayey). El tercero es la militancia de los Profesores de blanco, un grupo de educadores y educadoras con vidas dedicadas al quehacer universitario y que militaron en contra de la huelga estudiantil. Lo que sigue es una discusión de las posiciones de este grupo.

Es admirable que en lugar de la murmuración enconada y a sotto voce, los Profesores de blanco hayan ejercido unos derechos constitucionales que nunca deben estar en disputa. Y aunque la “ontología” de los conflictos exacerban nuestras emociones, siempre es prudente, si poseemos la fuerza, mantener esa brújula que distingue enemigos irreversibles de aliados o aliados potenciales. La clave está en someter los argumentos al escrutinio crítico.

Desconozco si el grupo tuvo o tiene propuestas más allá de promover diálogos multisectoriales sin paros o huelgas. El grupo ha dicho que un proceso hacia la búsqueda de tales propuestas ya estaba en camino pero quedó trunco por la acción estudiantil. Tal argumento es profundamente problemático y el portón-gate lo debilita. La huelga, en todo caso, debió ser incentivo para profundizar encuentros multi-sectoriales y ofrecer salidas.  Echarle la culpa a la huelga estudiantil por la carencia de propuestas provenientes del profesorado no le hace justicia a la ingenuidad. El grupo PROTESTAmos ya demostró lo que acabamos de decir con el desarrollo de un Plan Fiscal Sostenible para la Universidad de Puerto Rico.

Veo tres argumentos centrales que apuntalaron las acciones de los Profesores de blanco. El primero estipuló que el gobierno tenía como estrategia el cierre de la universidad y, por lo tanto, cerrarla mediante una huelga era caer en la trampa de los gobernantes. El segundo declaró que los portones abiertos permitían un espacio productivo para propuestas multisectoriales. El tercero era y es una visión de la democracia y de la relación entre mayorías y minorías. Como anticipo que estos argumentos continuarán, me propongo tratarlos en tiempo presente.

Primer argumento: “trampa gubernamental” y parálisis

El primer argumento es sólido, pero solo cuando se aceptan sus dos premisas aparentes: (1) se tiene certeza de que el cierre y destrucción de la universidad son la estrategia del gobierno; y (2) ante ese peligro todo lo que contribuya a tales objetivos debe ser rechazado.  Es razonable responder que la primera premisa, aun cuando puede tener signos que la validen, no posee la certeza que le adjudican. Presumamos que tal certeza existe y unámosla a la segunda premisa.  En este caso, la consecuencia lógica es el rechazo no solo a la huelga, sino a cualquier forma de lucha que pueda crear inestabilidad y que a su vez sirva de excusa al gobierno.  Y como es el gobierno quien determina qué le servirá de excusa, estamos ante un razonamiento paralizante.

¿Qué tal paros por facultades o por recintos? Quizás, dentro de la lógica encerrada en las premisas anteriores, un paro mensual o cada dos meses y de 24 horas sería aceptable. Pero estos no deben ser frecuentes porque, de nuevo, el gobierno los puede invocar para justificar el cierre.  Si se concluyera que aun este tipo de paro esporádico y episódico puede ser utilizado por el Ejecutivo o la JCF o cualquiera sea el grupo que controle la Junta de Gobierno, no hay duda de que los Profesores de blanco defenderán otras formas de “resistencia” al momento desconocidas.

Me temo que con la premisa del cierre como estrategia gubernamental varias consecuencias saltan a la vista.  La primera es que las iniciativas, lo que en inglés se denomina “agency”, de TODOS los sectores universitarios queda subordinada a la acción estatal. De entrada, las y los universitarios se impondrían la tarea de no importunar al Estado o a la JCF para no arriesgar el cierre.

La segunda consecuencia es que la militancia tendría que ser definida por las conocidas marchas y piquetes catárticos fuera de la universidad y preferiblemente en horas no laborables.  La tercera es que la acción contestataria queda restringida a los espacios institucionales (asambleas de claustro, departamentales y por facultad, junto a los senados académicos).    Estas tres consecuencias conforman el síndrome del licenciado Vidriera: se le cantan las verdades a los poderes de turno, pero, en el caso que nos ocupa, siempre con delicadeza para evitar que la fragilidad termine en pedazos.

No hay duda de que los espacios institucionales son importantes. La acción valiente de la Junta Universitaria de reunirse, aprobar los preacuerdos y mantenerse en funciones al no presentarse una moción de cierre, es una muestra noble del valor de esos espacios y de los que participan en los mismos. Pero como también han demostrado los profesores de Mayagüez y los estudiantes que han llevado propuestas a la legislatura, tales espacios no son indispensables para construir formas alternas a lo que la JCF y el gobierno presentan como “necesario.”

Pienso que hay contextos donde la parálisis no es opción. La universidad ha sido vapuleada desde adentro y desde afuera. Las propuestas de los estudiantes no son necesariamente las mejores. Pero es forzoso reconocer que el accionar político a veces tiene que expresarse desde el arrinconamiento. Aún mejor, la fluidez de la acción política tiende a crear nuevas realidades y a hacer visibles ideas y momentos antes inimaginables.

Segundo argumento: diálogos multisectoriales

El argumento de que el gobierno busca el cierre y, peor, el deterioro progresivo de la educación universitaria pública está unido al segundo: los diálogos multisectoriales, sin huelga y sin acciones riesgosas, serán más productivos frente a ese mismo gobierno. Ahora es la lógica la que anda fugitiva. Es razonable inferir: si una huelga sistémica no mueve al gobierno o a la JCF de sus posturas, menos aún lo lograrán los míticos diálogos multisectoriales sin presiones mayores que los acompañen. Pero, como ya hemos apuntado, tales presiones quedan excluidas porque el cierre acecha.

Hay evidencia que sostiene lo anterior. La huelga logró negociaciones donde la HEEND y la APPU estuvieron representadas. Eso también fue un diálogo multisectorial. Antes de esto, Celeste Freytes recomendó unos recortes de 112 millones y tuvo que renunciar con carácter expedito. Apenas en el puesto, y antes de demostrar su fidelidad partidista, Nivia Fernández también afirmó que 112 millones era lo más que la universidad toleraba. Ambos reclamos fracasaron y no es hasta el último momento, bajo presión judicial, que la Junta de Gobierno decidió negociar.

¿Por qué, ante esta evidencia, se insiste en que “diálogos multi-sectoriales” con portones abiertos serán más fructíferos? Por supuesto, de la misma manera que el accionar político contiene una fluidez siempre expuesta a lo inesperado, los diálogos pueden poseer lo mismo. Pero en la ausencia de un diálogo gadameriano, las consecuencias son predecibles. El poder respeta al poder.

Evitemos los rodeos: quizás el profesorado de blanco debe declarar, sin tapujos, que la presente configuración de fuerzas entre el Estado y los sectores universitarios, al igual que las deficiencias en grupos aliados, imponen el repudio a toda paralización de las funciones académicas de la Universidad y a toda acción que pueda provocar su deterioro irreparable.  Este sería un planteamiento cristalino y puede y debe ser discutido. ¿Es este su argumento?

Tercer argumento: mayoría y democracia

El tercer argumento es una visión sobre la democracia. Según este, la huelga es la imposición de una minoría que, por ser minoría, no es representativa del estudiantado. En contraste, la mayoría del claustro de Río Piedras celebró una asamblea genuinamente representativa donde aprobó mantener los portones abiertos. ¿Por qué -continúa este argumento- las asambleas claustrales no tienen ante el país la misma respetabilidad de las estudiantiles?

Extrañamente, este argumento ignora las manifestaciones de otros cónclaves claustrales. El claustro del RUM, en asamblea el 24 de abril, también tuvo una asistencia impresionante y aprobó resoluciones de apoyo a los reclamos estudiantiles. Tampoco se menciona que la asamblea nacional del claustro celebrada el 5 de mayo se expresó a favor de la lucha huelgaria.[1]

Pero dejemos de lado estos olvidos y veamos la muy invocada asamblea del profesorado de Río Piedras del 27 de marzo. Con una asistencia de 737 profesores de un total de 1,030 profesores y profesoras con derecho a voz y voto, la asamblea logró un cuórum de más del 50 por ciento.  Según reseñas periodísticas, al comienzo de las deliberaciones un profesor militante del PNP trató que la asamblea repudiara el paro en vigor en ese momento o una posible huelga. Ese intento fue rechazado por la mayoría. En adición a tal rechazo, la asamblea tuvo dos mociones importantes. La primera acordó la celebración de un congreso multisectorial con votación de 378 a 61.[2]  Esta moción incluyó un cierre administrativo durante los días de tal congreso. Con estos números, la autoridad de la representatividad definida por por cientos sufre un declive. La mayoría (378) fue un 36 por ciento del profesorado.

La otra moción fue para que, en el lenguaje de la moción citado en la prensa, el “semestre se concluya sin más interrupciones ciñéndose en la medida de lo posible al calendario académico.” Esta moción, cuyo contenido acarreaba un repudio a toda huelga, se aprobó con 193 votos a favor y 163 en contra. Ahora el por ciento de los que se oponían a toda interrupción de las labores académicas baja a 18 por ciento. El reportaje de inmediato agrega que tal moción quedó en el tintero en vista de que a todas luces era incompatible con la aprobada anteriormente, que ya incluía un cierre administrativo. En otras palabras, para aquellos que apoyaron ambas mociones, la coherencia se quedó en el parking. Pero lo imperativo no es hablar de consistencia, sino de la actitud de la mayoría en dicha asamblea. Es necesario recalcar que el cierre administrativo ya favorecido, fue la razón para descartar la moción. La razón honesta, es decir, que no es decoroso defender un congreso multi-sectorial para discutir la situación universitaria y excluir de entrada una de las formas de lucha de los estudiantes, no fue parte de las consideraciones del profesorado.

¿Por qué los profesores que invocan la legitimidad de los resultados de esa asamblea no agregan que, en la única moción de rechazo a huelgas y paros, moción aparentemente aprobada por error, el por ciento de apoyo fue de un 18 por ciento? ¿Por qué no se dice que la asamblea tuvo resultados no muy claros en relación con el apoyo del profesorado a las acciones de los estudiantes?

Todo lo anterior es realmente innecesario y solo es mencionado para contrarrestar la narrativa que busca el amparo de los por cientos. Algo me parece claro. El llamado a un “congreso multi-sectorial” resultó pomposo y gelatinoso. Dicho congreso naufragó a causa de una disputa sobre por dónde entrar para participar en el diálogo. Ese glorioso incidente, el portón-gate, fue una preñez de avisos para lo que vino después y lo que aún está por verse.

Los por cientos son irrelevantes pero la pregunta sobre el escaso e ignorado impacto de las asambleas claustrales es sobradamente legítima. Después de todo, el estudiantado es perpetuo como colectividad pero como individuos son aves de paso. El profesorado, como colectividad y como individuos, con décadas dedicadas a la labor ética de lo universitario, son un centro vital permanente.

Sospecho la respuesta a la pregunta anterior: las asambleas y luchas estudiantiles han labrado una trayectoria de logros y reveses con repercusiones para el país y generaciones enteras. Esa trayectoria tiene sacrificio y sangre en la búsqueda de un telos libertario. El profesorado, con honrosas excepciones, ha tendido a ser el coro griego, el trasfondo en dramas épicos. Puede contra argumentarse que esa trayectoria es solo un evento sin ninguna otra credencial que lo contingente. Pero tal respuesta descansa en la falacia postmoderna de que lo contingente no es suficiente para establecer verdades a las que, desde nuestra fragilidad y falibilidad, le podamos atribuir un carácter inamovible. Es por eso que podemos afirmar la dignidad inviolable y la igualdad moral de todos los seres humanos y entonces luchar por un orden cultural e institucional que proteja tal principio y tome las precauciones necesarias contra sus enemigos. Pero no es este el lugar o el momento para abundar en esto.

En adición a lo anterior, es profundamente desconcertante enarbolar argumentos sobre las minorías que alegadamente se arrogan la representación de la mayoría. Y es extraño pretender que la mayoría del estudiantado esté presente en asamblea. La invocación de una mayoría es un argumento sui generis. Es desplegar un truco retórico que depende de una ficción. Se habla de una mayoría que, como existe en los números —el número total de estudiantes o el número total de los y las electoras, se infiere que también existe como realidad política. Ahí está el truco: esa realidad política es una construcción en terreno movedizo. Esa mayoría puede apoyar mayoritariamente el proceso en el que no participan, estar dividida en partes iguales a favor o en contra, o ser completamente indiferente a dicho proceso. Es decir, como realidad política con una posición definida tal mayoría es inexistente. Pero se infiere que, por ejemplo, la ausencia de esa mayoría en una asamblea, es también signo inequívoco de que rechaza las acciones de la minoría. Aquí el truco se convierte en espejo reflejando a quien lo moviliza. Nadie sabe el sentir de esa mayoría, pero se afirma que la misma tiene una voz que se puede articular, medium-like, por los devotos de la representatividad. En otras palabras, los que invocan la mayoría ausente se atribuyen la autoridad y conocimiento necesarios para concluir que la ausencia de la mayoría es realmente un rechazo a las acciones de la minoría presente en asambleas o en marchas o en las urnas.

También podemos suponer que por la magia de los algoritmos o los “likes” en Facebook, la “voluntad” de esa mayoría se puede conocer, y que tal voluntad, en efecto, se opone a los designios de la minoría. ¿Y por qué hay que seguir tal voluntad? Es aquí donde el carácter fundamentalmente crítico del accionar político, en un contexto letal como el de Puerto Rico en estos momentos, tiene que prevalecer. Y más debe prevalecer en el ámbito universitario, la esfera cultural que la sociedad pone a cierta distancia de sí misma como un espacio donde libertades, preguntas y lenguajes, posiblemente desconocidos o menoscabados por el sentido común dominante, son llamados a retar, renovar y transformar ese sentido común.

Nada de lo anterior confronta la constitución subjetiva de la mayoría en una colonia en donde la escabrosidad del concepto se acrecienta. ¿Por qué hay que supeditar acciones libertarias y contestatarias a la mayoría en el contexto colonial en donde, casi por definición, la legitimidad atribuida al ordenamiento colonial presupone subjetividades trastocadas por el coloniaje? Ni por asomo hablo aquí del vanguardismo leninista. Ese vanguardismo busca ensillar la mayoría en función de lo decidido por adelantado por la vanguardia, que siempre tiene el monopolio de la autoridad epistemológica. Pero sí hablo de importantes diferencias en conocimientos y, sobre todo, de la transformación que la educación y la acción pueden obrar en grupos e individuos. Esa transformación crea nuevas sensibilidades, valores y criterios para validar estructuras sociales. Con ese armazón, educandos y educadores forjan nuevos proyectos que solo pueden existir a través y después del proceso educativo.

No debo concluir sin mencionar que la bandera de las mayorías silentes ha sido la bandera tradicional de la derecha y sus ecos. Cuando esa bandera, súbitamente, aparece en brazos de los que han sido miembros distinguidos de minorías combatientes, el efecto es entumecedor.

[1] https://protestamos.files.wordpress.com/2017/05/compilacion-mociones-andupr-5-de-mayo-2017_4de4.pdf. La moción lee: La Asamblea Nacional de Docentes de la Universidad de Puerto Rico, convocada por organizaciones docentes del sistema y reunida el 5 de mayo de 2017 expresan su apoyo, solidaridad y agradecimiento a los y las estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, del Conservatorio de Música y de la Escuela de Artes Plásticas que están en un proceso de lucha huelgaria y en otras formas de defensa de la educación superior pública del país.

[2] https://www.pressreader.com/puerto-rico/el-nuevo-día/20170328/281676844744565

*El autor es líder estudiantil de la histórica huelga universitaria de 1981, continuó estudios en Estados Unidos y allí se redicó como profesor de Ciencias Políticas de UMass Amherst. Tomado de 80 Grados.

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