Huracanes

Urgen opciones de vivienda digna para refugiados tras María

Sufren en espera de una opción real de techo

Alberto Ramos Rivera quiere regresar a su casa, pero sus condiciones de salud le impiden sacar los pedazos de madera, zinc, y otros escombros que hay allí acumulados y que hace más de dos meses mantienen su hogar inhabitable. A María Sánchez, le ofrecieron un apartamento en un complejo de vivienda pública, pero las restricciones de la probatoria en la que se encuentra su hijo le impiden establecerse en ese lugar. Pascual Ofray, en tanto, prefiere regresar a vivir en la calle en el pueblo de Salinas, antes de continuar en el refugio al que fue trasladado, lejos del entorno que conoce.

Esa diversidad de situaciones refleja a grandes rasgos la complejidad que caracteriza el proceso para atender las necesidades de vivienda de personas refugiadas o que fueron desplazadas a raíz de los estragos provocados por el huracán María.

Para algunas de las cerca de 900 personas que todavía habitaban los refugios establecidos por el gobierno a casi tres meses del paso del ciclón, las gestiones para identificarles alternativas de vivienda adecuada -aun de carácter temporero- han sido más lentas de lo esperado. Incluso, entre los desplazados, hay quienes opinan que el proceso ha sido hasta indigno, entre otras cosas, porque ha carecido de sensibilidad y no se les ha tomado en cuenta.

Ramos Rivera tiene 52 años, y pasa los días y noches en el único refugio abierto en San Juan, en la cancha bajo techo ubicada en la sede del Departamento de Recreación y Deportes (DRD). Su casa está en el barrio Guaraguao de Bayamón, pero en ese municipio clausuraron todos los refugios hace varias semanas. La cancha del DRD es el quinto refugio que lo resguarda desde que abandonó su estructura al otro día del ciclón buscando auxilio.

“A las personas que, en verdad, necesitan ayuda no las están ayudando. Mira aquí (señala las distintas áreas del refugio), lo que hay son familias, personas enfermas, personas que reciben asistencia (gubernamental) mensual”, dijo.

El hombre subsiste con el dinero que recibe del Seguro Social, y cuenta que, al cerrar los refugios en Bayamón, el gobierno municipal le ofreció pagar la renta de una vivienda por dos meses, mientras habilitaban su propiedad, pero esa propuesta no se materializó. Comentó que también se comprometieron a remover los escombros y poner en condiciones su casa, y todavía los está esperando.

“Yo he tenido ganas de irme de aquí muchas veces, pero no tengo a dónde ir”, dijo, y soltó una carcajada que suprimió de inmediato. “Lo que hay que hacer es reírse, y tirarse de vez en cuando un ‘coño’ y un ‘carajo’”.

A medida que pasan los días, la vida en el refugio, para Ramos Rivera, se torna más estresante y hostil. Trata de impregnarle un poco de “normalidad” a su rutina con música y café. Logró rescatar su cafetera espresso entre la estela de escombros que dejó el huracán, y a diario, prepara la bebida para satisfacer su afición y la de sus compañeros de catres contiguos.

“Eso, para mí, es terapéutico. Yo me entretengo con la máquina, haciendo la espumita, echándole azúcar, la canela. Esas son las cosas que te tratan de traer a la normalidad, a la vida, el cafecito y la musiquita”, dice el hombre, quien se estableció en Puerto Rico hace alrededor de una década luego de vivir por años en Nueva York.

Se retiró como soldador en la Autoridad Portuaria de Nueva York a raíz de una lesión en la espalda, y tiene problemas en una rodilla, padece neuropatía y fibromialgia. Para moverse, utiliza una silla motorizada o un andador, y en su catre, colocó un colchón inflable para amortiguar el impacto del  rígido lecho en su lastimado cuerpo.  

Su pasión por la música le ha traído problemas con algunos “vecinos” en el refugio, que se han quejado o lo han increpado por su estridente distracción, confesó. Esta situación, incluso, requirió la intervención de varios agentes de la Policía hace unos días.

“Yo he sido libre toda la vida. Yo decido qué como, cuándo me baño, cómo me visto; toda la vida he hecho lo que me da la gana. Nunca me han quitado la libertad. Esta es mi casa ahora. Estoy supuesto a ser libre, y no soy libre”, sostuvo.

Ramos Rivera asegura sentir presión para que abandone el refugio cuanto antes. Durante el altercado por la música, temió que las autoridades utilizaran esa disputa como base para expulsarlo de la instalación.

“Están tan desesperados que están usando excusas, como problemas entre refugiados, para sacarnos… Para irme a mi casa, tengo que esperar a que FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) inspeccione los daños, remuevan los escombros, preparen el techo para que no caiga agua y rehabiliten la parte de abajo para poder vivir. Eso toma tiempo, y quieren que me vaya ahora”, detalló.

Según datos oficiales, a casi tres meses del paso de María, había 909 personas viviendo en 40 refugios. En su momento pico, hubo cerca de 15,000 personas en 245 refugios.

El secretario del Departamento de la Vivienda (DV), Fernando Gil Enseñat, admitió las dificultades que enfrenta, pero alegó que los retos al relocalizar a los desplazados, así como las quejas y la insatisfacción de estos, son circunstancias intrínsecas al proceso.

Para la historia completa pulse aquí


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