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Nota publicada hace más de 60 días.

En debate diseñado para no sorprender, Rosselló y Bernier van a la yugular (análisis y galería)

(Juan Costa/NotiCel)

Oscar J. Serrano
02/09/2016 12:37 am

¡Que difícil es ser un elector consciente en este país! Al final del primer debate televisado a la gobernación de la campaña de 2016, el elector promedio muy bien pudo irse a la cama preguntando, ¿a dónde se fueron esas dos horas y medias? Claro, si es que llegó al final.

La negociación entre medios de comunicación y directores de campaña sigue incapaz de producir una alternativa novedosa a un formato de debate que ya estaba gastado cuando eran tres candidatos, ¡ni hablar con seis! Principal entre las fallas, que los periodistas no puedan tener intervenciones de seguimiento o de riposta, aún cuando los candidatos los regañan, y el preciado tiempo al aire que se va simplemente en decir, por enésima vez, los nombres de los candidatos en cada turno... a estas alturas y con su nombre en pantalla, creo que es difícil que alguien se confunda sobre quién es quién.

Si llegaron a esta nota esperando un resumen punto por punto, realmente, no es posible, pero vamos a lo que se puede decir de lo que pasó en esas dos horas y media. Y lo que pasó es que David Bernier, del Partido Popular Democrático (PPD), y Ricardo Rosselló, del Partido Nuevo Progresista (PNP) salieron a atacarse como no lo habíamos visto en una campaña que, por los problemas de los inversionistas políticos (un poco más sobre eso ya mismito), tiene en este debate la primera ocasión para que los candidatos se “luzcan” ante una audiencia televisiva.

Y esa pelea, hay que cantársela a David Bernier, si no por más, porque todo el mundo esperaba que, en medio del escándalo del recaudador Anaudi Hernández y de la prolongada y a veces absurda confrontación con Jaime Perelló, el candidato Bernier llegara al debate derrotado. Llegó allí después de comprar todos los boletos de la lotería de las pescozás, y, aunque cogió algunas, también dió unas cuentas al punto que, al final del debate, le viró la tortilla a su contrincante porque Rosselló empezó advirtiendo que Bernier venía a atacarlo, pero el que consumió el turno final con ataques fue Rosselló.

La táctica salvadora para Bernier fue ser el primero que mencionó, y denunció, el nombre de Anaudi. Y, con esa ofensiva, le quitó contundencia a cualquier ataque al respecto que hubiera tenido Rosselló. Rosselló, por su parte, aplicó las tácticas que le sirvieron bien contra su contrincante primarista Pedro Pierluisi, se dirigió directamente a Bernier y lo retó a que definiera su ideología de estatus, y se mantuvo con la línea de que lo que exponía eran sus “compromisos” con el puebo, probablemente tratando de rescatar el eco de aquello de que “el pueblo habló y yo obedezco” de su padre, el exgobernador Pedro Rosselló.

“Hay que poner el dedo en la llaga”, dijo Bernier para desviarse, olímpicamente, del tema de seguridad pública y caer en el de corrupción. De ahí en adelante, sus menciones de Anaudi estuvieron siempre emparejadas con menciones de los Empresarios con Rosselló. Sin pausa, Bernier escaló puyando a Rosselló por la forma en que consiguió una plaza en la Universidad de Puerto Rico y por el financiamiento público que le dieron allí para un “libro político”. “¿Esa es la nueva manera de hacer política David?”, le ripostó Rosselló recordándole a Bernier su lema de campaña y pintando su táctica como producto del “desespero”. Pero Bernier no 'bajó la guardia' y volvió a enterrar su espada con un “de cara al futuro una máquina repetidora a la que pueden programar y manipular es un peligro para Puerto Rico”.

Lo que resultó ser la pregunta más reveladora de la noche vino de un estudiante, quien pidió a los candidatos que explicaran lo que significa para cada uno la “decencia política”. Fue otro round cuerpo a cuerpo para Rosselló (es “no ser el segundo en mando en un gobierno y cuando le pregunten decir que este no es su gobierno”) y Bernier (Rosselló “va a buscar quién lo asesore y ustedes saben quién lo rodea”), pero el dardo victorioso lo lanzó la pipiola María de Lourdes Santiago (“en todos los partidos ha habido gente presa, la diferencia es que los populares y penepés van a la cárcel por pillos y los independentistas van a la cárcel por patriotas”).

La ronda sobre el status fue otra que produjo escaramuzas. Rosselló atacó a Bernier por su “ambivalencia” con el tema, pero Bernier lanzó que “la admisión que tú tienes que hacer es que tú tienes terror a que el pueblo te evalúe por tus méritos porque no los tienes hermano” y comentó que después de las elecciones se sentaría con el nuevo presidente del PNP, a su juicio Thomas Rivera Schatz, para discutir el status. Lúgaro se definió diciendo que la anexión de Puerto Rico no es costoeficiente ni prioritaria para Estados Unidos, por lo que hay que escoger un candidato para administrar, no para resolver el status y Cidre resumió su plan en que “hay que buscar la forma de abochornar a los Estados Unidos”.

Desde el principio, el debate se definió con claridad: de un lado Bernier y Rosselló en su propio ring imaginario, y el resto de los candidatos cada cual tratando de establecer su propia ruta y, en esa línea, resaltaron Rafael Bernabe, del Partido del Pueblo Trabajador (PPT), y Santiago, del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), quienes, a pesar de tiempo entre turnos, pudieron mantener un hilo conductor y una estructura en sus respuestas.

Es injusto comparar a los candidatos independientes cabeza a cabeza con los candidatos de partidos mayoritarios pero, en este formato, es la única comparación correcta y ahí Alexandra Lúgaro y Manuel Cidre se mostraron todavía sin comprender cuál es el rol que ha demostrado tener efectividad para los candidatos independientes en otros escenarios. En esa posición, no se trata de plantear lo que harían cuando sean gobernadores, porque nadie entiende que eso es un escenario real, sino que se trata de empujar a los candidatos de mayoría para aguijonearlos, definirlos, contrastarlos, y para que esos candidatos se vean obligados a reconocer la indignación que representan los candidatos independientes y tengan que pensar seriamente en cómo adoptar algunas de sus propuestas. Esto no sucedió en el primer debate. Cidre fue efectivo en demostrar que es el único candidato que se atreve a hablar claramente de cómo le sacaría algún beneficio para el país a la Junta de Control Fiscal, fue el primero que mencionó a la Junta, pero no fue efectivo en estructurar casi ningún otro planteamiento. Mientras que Lúgaro, aunque es la que más en sintonía está con el sentimiento de la población general enajenada de los partidos, no logra demostrar calidez y empatía en su discurso. De hecho, regañó en dos ocasiones a los periodistas que hicieron las preguntas y regañó también a los propios votantes. Al final, y en versión de cinco segundos, Cidre es el candidato que más cómodo está con la Junta y Lúgaro entiende que la raíz de casi todos los problemas son las deficiencias en la educación.

Para el récord, Santiago y Bernabe fueron los únicos candidatos que mencionaron al preso Oscar López Rivera para denunciar su encarcelación, mientras que Rosselló mencionó a su compañera de papeleta, Jennifer González, pero Bernier no hizo lo mismo con su compañero, Héctor Ferrer. Santiago fue la única que ató la Junta y las decisiones recientes del Tribunal Supremo al problema del status, y Bernabe fue el único que pidió apoyo no sólo para su candidatura sino para la de otras personas que se postulan por el PPT.

Resaltó que Lúgaro escogió el rojo, color del PPD, para su traje, y Bernier escogió un azul brillante, ¿azul tono Pierluisi?, para su corbata. Rosselló escogió el púrpura para su corbata, el color que resulta cuando se mezclan el rojo y el azul.


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