Inteligencia Social

¿Qué es lo que quiere el yanqui?

Esta es sin duda la más actual, legítima y puntual pregunta que en primera instancia debemos hacer los puertorriqueños. No se trata de un acto de prosternación, que a nadie tampoco podría sorprender si saliese de muchos, luego de casi 120 años de sumisión colonial. Corresponde al reclamo y a la exigencia más fuerte que las víctimas del colonialismo tenemos entero derecho a hacer para poner nuestro status en perspectiva adentrados ya en el siglo XXI.

Me formulo esta pregunta para poder hacerme la que sigue lógicamente: ¿Qué es lo que hay que provocar para hacer que el yanqui quiera lo que sería justo para una nación distinta como lo es Puerto Rico?

Sabemos que al día de hoy el 63% de los 9 millones de puertorriqueños viven en alguno de los 50 estados de los EEUU. La proyección es que ese porcentaje aumentará hasta llegar a 71%  en el 2019 ó 2020, y que para ese momento vivirán en Puerto Rico menos de tres millones de personas.

Esta reducción poblacional producto de una década de depresión económica y de las insuficiencias y expoliación del sistema económico metropolítico; de la corrupción e irresponsabilidad de las administraciones y gobernantes territoriales; de la desesperanza y desesperación de la colonia; de su sistema de iniquidades y también de la devastación reciente de los huracanes, no tiene precedente en la historia de más de cinco siglos desde la ocupación por los reinos de Castilla y Aragón.

A pesar de este cuadro, sucede que a la metrópolis le importa la metrópolis, que la colonia no aparece en el radar metropolítico; que la metrópolis está cambiando su forma global de hacer negocios y que el territorio no incorporado puertorriqueño es sólo una hoja seca del árbol sacudida y arrastrada por el viento del catatonismo imperial y de la globalización.

Poco interés y ningún valor relativo para Estados Unidos tiene esa hoja que se bambolea en el traspatio caribeño. Si alguna vez lo tuvo, cuando era posible imaginar un escaparate estadounidense para el escenario de la Guerra Fría en el Caribe, eso, si sucedió, ocurrió hace demasiado tiempo. La Guerra Fría se congeló glacialmente. Ahora son otras las guerras. Ni siquiera el imaginario de la territorialidad en el marco de los territorios insulares estadounidenses del Pacífico y del Caribe, tiene la importancia y el tratamiento uniforme que algunos estudiosos quieren y se esfuerzan por hallar.

Puerto Rico no será estado, ni tendrá su nicho imaginado-legitimado bajo el estado libre asociado desahuciado el año 2016 por las tres ramas constitucionales de EEUU.

No será un “state” por lo que somos: un pueblo hispano hablante, cultural y existencialmente diferenciado, muy pobre, y porque somos una cuña latinoamericana y caribeña en el “e pluribus unum” que pudiera aglutinar a una minoría de decenas de millones frente al hegemonismo blanco estadounidense.

La ciudadanía americana de segunda clase, “fematizada” y degradada a una de tercera clase, no constituye boleto suficiente para encaminar o perpetuar una relación política con los EEUU. El único boleto disponible es el de la migración de la periferia al “centro” a título individual, masiva, minorizante, desperdigadora y atomizante.

Estas crudas realidades, verdaderas porque ya son parte de la historia pasada y presente, son muy difíciles de evadir por aquellos que quisiesen que la cosa fuese diferente. De ahí, que los resultados de las consultas, particularmente desde el 2012, hayan acabado en el cesto de la basura; que el llamado Plan Tennessee haya pasado a ser una esquela inédita y engavetada en una edición sin publicar de un periódico del “nowhereland”, y que una comisión criolla estadista post elecciones, legislada localmente, llamada de la Igualdad, apareciese en la lista de entidades desaparecidas luego de los ventarrones federales.

Mientras, el gobierno local de corte ex-tenesino —al menos su primer ejecutivo y gabinete— intenta colarse en cualquier legislación congresional post huracanes, o trata de eximirse de la aplicación de cualquier plan general contributivo estadounidense en donde Puerto Rico no es considerado favorablemente, ni siquiera en una nota al calce.

La “reforma” contributiva federal

Porque hay que decirlo muy claro: la legislación contributiva de Trump —que tiene 499 páginas y sus anotaciones— abarca un ancho temario neoliberal, uno de cuyos asuntos atiende el trasiego global trillonario de las corporaciones foráneas estadounidenses y de las filiares que operan en el extranjero. Trump y sus aliados de una parte del mundo corporativo inversionista y especulador, quiere reducir dramáticamente las tasas a las que tributan los más ricos y bajo el techo de una “reforma” compleja y laberíntica,  hará pagar más a los sectores medios.  Dentro del diseño globalizante hacia el sobre énfasis en la economía de la financiación y la refinanciación hacia fortalecer la producción el sistema contributivo tiene que propiciar un alineamiento que permita aprovechar las ventajas de retrotraer hacia EEUU parte de los 7 trillones de dólares producto de ganancias de las corporaciones estadounidenses que desde hace décadas “flotan” especulativamente en inversión en el extranjero. Puerto Rico, otra vez, es dentro de esa “Reforma”, una hoja seca desprendida de un árbol frondoso sin conexión siquiera a alguna rama secundaria.

Esto no significa que los intereses corporativos financieros y manufactureros no conseguirán arrancar al menos un paliativo temporero o una exención aunque sea con un tope (techo). Entre un punto y una coma cabe mucho más de un presupuesto local. Al final, bajo lógicas diferenciables los “inversionistas locales” podrían obtener un poco más que los continentales. Pero recordemos que esos inversionistas no son locales, son a fin de cuentas creaciones de papel del mismísimo capital que quisiera zafarse del obligado retorno a EEUU que han resistido muy eficazmente por largo tiempo.

El truco está en tasarle sus transferencias denominadas ventas entre corporaciones externas e internas con un pesado arbitrio. Esto es para pescar un marlin trillonario, un pez aguja que pesa 100 veces más que el tráfico intercorporativo extraterritorializado.

En este contexto la agencia de viajes local montada para traer a los congresistas “a ver con sus propios ojos el tamaño del desastre de los huracanes” no pasa de ser una gestión colonial que no sólo es pedigüeña y en sí misma, ratificadora de la docilidad colonial. Es también una gestión desfasada y ajena al remarcamiento globalizante de la primera economía del mundo.

Esa docilidad exagerada y sobre acentuada es la misma que ha permeado y que se ha manifestado una y otra vez en el último año, y en los últimos dos meses y medio en Puerto Rico, bajo el signo de un Centro de Operaciones de Emergencia de su hibernante gobierno, aplastado por seis capas de gobierno de los EEUU, que incluyen su Congreso, su Junta de Control Fiscal, al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EEUU, la Juez de Quiebras especial, el Ejército y el tribunal del distrito federal. Nunca se juntaron sobre un metro cuadrado de colonia tanta burocracia y gobierno metropolitano. Es como si al que quería estadidad, le hubiesen mandado tres tazas de estadidad de segunda o tercera clase.

Ojalá hubiese voluntad para quitarle de encima al gobierno de Puerto Rico tanto escombro burocrático enviado desde el norte que aplasta todavía más luego de su quiebra.

La historia de las tribulaciones de la “ultima colonia del mundo” —como la llamó José Trías Monge— no podía ser más degradante, sólo superada en devaluación por la desesperada búsqueda de legitimidad política en Washington de una estadidad tan cercana como la de la Luna.

El trágico título de este trasquilamiento podría ser “La estadidad en los tiempos de Trump”, o en los tiempos del “Freedom Caucus”, o en los del republicanismo rancio, o en tiempos del Partido Democráta tokenistamente yulin-izado.

Tanta falsedad, tanta nimiedad y vacío político obliga a preguntarse ¿Qué se trae el americano?, ¿Qué es lo que quiere?, ¿Qué es lo que quiere el yanqui?

Puerto Rico y su gobierno triplemente quebrado, por la quiebra fiscal, la depresión económica —diez años añejada— y por la destrucción de los huracanes, incluso los dos naturales de septiembre, tiene que preguntarse también, ¿Quién es el americano?, ¿Qué es el americano?, y quién sabe si debiera preguntarse además, ¿De qué le tiene cara el americano?

Se ha perdido demasiado tiempo y se sigue perdiendo tiempo que es mucho más valioso, en un momento crítico que definirá la viabilidad del país por lo que queda de la primera mitad del siglo.

Uno se pregunta, si los gobernantes saben que juegan con fuego, y si lo saben, si lo hacen por atolondramiento, por cinismo, o acaso, por locura.

Una apuesta tenebrosa al status quo

Esta apuesta correspondería a las coordenadas más obtusas del cinismo. Se trata de una apuesta de largo tracto sucesivo: la apuesta colonial al miedo, a la inseguridad y a la dependencia.

Esta apuesta descansa en dejar correr el almanaque. En dejar que el tiempo pase, aun en la condición comatosa en la que se encuentra la colonia, su modelo político y su economía. Conforme a esta posición, Puerto Rico será cada vez más un país pletórico de inseguridades en la mente de sus habitantes, más atemorizado y por tanto, más dependiente. Los puertorriqueños cada vez más, acatarán lo que diga EEUU, mientras el cordón umbilical colonial y dependiente se mantenga intacto.

Esta apuesta tenebrosa se sostiene por partes iguales por el liderato y por los apostadores del inversionista político de los partidos del status quo de Puerto Rico. Por un lado, al PPD parece convenirle, ante la obviedad de que la estadidad no es ni posible, ni es deseada en y por los EEUU. Ese rechazo a la estadidad situaría al status que sea —incluyendo el no status, el ela actual, y hasta el territorio desincorporado— en una posición de permanencia relativa debido a la inmensa mayoría de acólitos a la dependencia sico-económica a los EEUU. Pero esta apuesta, repito, tenebrosa al status quo, también beneficia al PNP, quien no sabe qué hacer con su reclamo de estadidad ante ambientes tan tóxicos a la estadidad para Puerto Rico, como los que existen y se proyecta existirán por muchos años en el Congreso y otras esferas en EEUU.

Congelar el balón cínicamente, pareciese ser parte de un mismo juego coyuntural y a más largo plazo, para los partidos políticos que han dominado la escena gubernativa electiva puertorriqueña durante casi sesenta y nueve años.

Algo de movimiento

Esta semana se dio a conocer que los presidentes legislativos —Rivera Schatz y Méndez Núñez— salieron del apagón legislativo para anunciar que junto a la Comisionada Residente González, irán a Washington a abogar por la imposición de contribuciones federales a las corporaciones foráneas estadounidenses que operan desde Puerto Rico.

El cabildeo por el asimilismo contributivo, por contraintuitivo que parezca —siendo procíclico recesionario— no es ajeno a la política puertorriqueña. Ha sido invocado oportunistamente por los dos partidos que se han turnado en la gobernación.

Si bien el mundo no se acabaría, quienes sí verían afectadas dramáticamente sus estructuras de costos y ganancias serían las “foreign controlled corporations” o fcc’s. Algunas, se dice que muchas, podrían irse, no expandirse o reducir sus operaciones en Puerto Rico disparando todavía más el desempleo y la emigración. Las pérdidas de plazas de empleo directo se alega, que se contarían por decenas de miles. Otro tanto, sería el caso de los empleos indirectos que supuestamente se perderían. Además, la merma de ingresos gubernativos locales también se dice, obligaría a despedir a miles de empleados más.

El número más conservador de empleos que se perderían que se escucha es de 100 mil, más otros 20 ó 30 mil en el gobierno. Se trata de un coctel que desembocaría en más emigración, más recesión y más pérdida de ingresos. Todos sabemos que estos pronósticos suelen ser muy exagerados y que lo que se presenta como un resultado inmediato suele tardar años en manifestarse en su totalidad o parcialmente.

Aun así, se tiene que pensar que la tríada legislativa  puertorriqueñopro-contribuciones federales que aparenta llevarle la contraria al gobernante, va en serio, no porque la reforma contributiva federal no vaya a aprobarse, si no por lo opuesto.

La tríada apuesta a que más tarde, aprobada la reforma contributiva o el pago de contribuciones federales corporativas a las foráneas, podrán pedir la representación congresional, es decir, adelantar la estadidad, una vez esas corporaciones -“Puerto Rico”- pague estas otras contribuciones. Esta apuesta es irresponsable por lo altamente especulativa y porque constituye una chifladura en la que sin duda, los apoyantes pueden acabar perdiendo su soga y su cabra. Pueden concluir sus carreras políticas con la continuación del sistema colonial, esta vez con el combustible de impuestos federales adicionales, sin representación.

El contratruco desde allá, sin embargo, es todavía más tenebroso: como la tríada no se atreven a solicitar la planilla federal de contribuciones para ingresos individuales y para las corporaciones locales, es fácil imaginarse cuál sería la respuesta… A los ciudadanos americanos de Puerto Rico no se les exige pagar contriciones por lo tanto es hueco el reclamo de que no puede haber imposición de contribuciones sin representación.

Subrayo lo de que son “aportaciones”, cargas o impuestos adicionales, pues en Puerto Rico pagamos Seguro Social y Medicare, y se nos discrimina sistemáticamente en cuanto a cubiertas. Aparte de muchas otras contribuciones e hipotecas encubiertas que lastran nuestro desarrollo económico. (cabotaje, otros seguros, etc.).

Del Plan Tennesee al plan “Please, tax me”

Del Plan Tennesee, la tríada legislativa del PNP han saltado al plan “please tax me”. Cabriolas veremos, y mientras tanto, el gobernante todavía no descifra la tablilla del camión —que le está pasando por encima— y el 95% de los puertorriqueños sigue esperando por la electricidad que según el gobernante les llegará el 15 de diciembre.

Preguntarse qué es lo que quiere el yanqui, no es otra forma de sumisión, sino querer saber si en verdad, Puerto Rico está en el radar estadounidense, o si, no será que se le considera un cachivache de esos que se ponen en una buhardilla o covacha porque ni se quiere, o se quiere esperar un poquito antes de botársele.

Entre tanto, un nuevo Mariel en jet sigue creciendo, la quiebra sigue profundizándose, el tercermundismo es total, la imposibilidad de pagar la deuda del gobierno sigue remachándose y el viento sigue soplando junto a la vergüenza de seguir siendo la colonia más antigua del mundo.

*El autor es exlegislador del Partido Independentista Puertorriqueño y asesor en legislación y administración gubernamental.


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