Ahora

Desde el olvido, refugiados buscan ayuda para otros olvidados, como ellos

Solidaridad entre los que menos tienen.

La cancha Damaso Rosa en Luquillo alberga a una familia que, a casi cuatro meses del huracán María, sobrevive en casetas de acampar bajo una interminable llovizna de excremento de paloma.

El flagelo de la indiferencia gubernamental lo viven desde antes del huracán, cuando vivían en una casa de madera, zinc y cemento en el barrio Pitahaya.

Pero, lejos de dejarse abatir, esta familia busca cómo salir de su indignante situación para poder ayudar a otros que están igualmente olvidados.

Aunque el municipio tiene constancia de que allí ubica una familia de refugiados que perdieron todas sus pertenencias tras el huracán María, se ha limitado a proveerles un guardia de seguridad las 24 horas en lo que abandonan las facilidades. Las instalaciones cuentan con una manguera y un baño donde se asean los pocos que han sido dejados a su suerte.

Pero Ana Sánchez no se queja de su mala suerte con el gobierno, señalando que toda su vida ha vivido con la ineficiencia de los servicios del estado. Ana es agradecida de las personas que no se han olvidado de ella, sus hijas y sus dos nietas infantes que conviven en casetas en la cancha Damaso Rosa.

“Las reacciones de las personas que no saben, que vienen y creen que estamos acampando para ir a la playa o que creen que es una campaña de la iglesia. Cuando se enteran de la verdad, sufren, lloran. Se le salen sus lágrimas, me abrazan, me dan consuelo y la mayor parte son gente de la iglesia”, relató Ana a NotiCel.

Una de esas personas es Margarita López, oriunda del barrio Buena Vista de Humacao, y su llegada el domingo marcó la cuarta vez que trajo suministros a Ana y sus nietos. En esta ocasión, llevó cuatro cajas con medicamentos, pañales, toallas húmedas, baterías, linternas y jugos.

Ella advino en conocimiento de la situación de la cancha Damaso Rosa casi por intervención divina: Su esposo la invitó a comer en los kioscos dos meses después del huracán al verla a ella agobiada por la labor de respuesta que ejercía como feligrés de la Iglesia Discípulos de Cristo.

“Me trajo y cuando pasamos por el lado de esta cancha, yo no podía ver lo que mis ojos estaban mirando. Niños en este lugar, personas aún mayores estaban en este lugar. Y yo decidí pararme, detenerme e investigar qué era lo que estaba sucediendo aquí. Cuando me dijeron que necesitaban de todo, que necesitaban de todo en ese momento yo no tenía”, relató Margarita, quien también fungió como misionera en el 2010 en Haití después del terremoto.

“Pero al día siguiente yo regresé y le traje estufas de gas, cilindros, alimentos, agua y de todo para que ellos pudieran seguir sobreviviendo. Y con el día de hoy ya son cuatro veces que llego a este lugar, en diferentes semanas he llegado. No vivo aquí, vivo bastante lejos en Humacao”, resaltó la misionera durante la visita de NotiCel ayer, domingo.

Según contó Ana, tras ella comparecer en un noticiero televisivo unos tres meses después del paso de la tormenta, el municipio llevó suministros para los refugiados allí. Pero el descontento de los damnificados con la administración municipal anuló ese esfuerzo.

“Solo una vez que ellos trajeron agua, el municipio. Trajeron agua y cajitas del Army, pero los muchachos, como tenían tanta cólera con ellos porque no habían venido y no los habían ayudado... Tuvieron que esperar a que saliéramos yo y mi nieta en las noticias para que el alcalde (Jesús Márquez) nos enviara suministros a ellos que estaban primero que yo. Ellos le viraron todo, y desde ahí el alcalde no ha vuelto. Por lo menos desde que yo he estado sola”, indicó Ana, cuya familia, junto a otro caballero solo y desempleado, son los únicos que viven en la cancha.

Aún así, los suministros que ella recibe no se quedan en la cancha, pues Ana procura enviar paquetes a otras familias que también necesitan ayuda a cinco meses después del huracán.

“Siempre nosotros vamos a necesitar. Siempre, porque lo que nosotros tenemos de más, lo repartimos... nosotros no somos los únicos, hay unas personas que necesitan, y eso lo sabe el gobierno, que hay personas que necesitan”, declaró la madre y abuela. En ese sentido, afirmó conocer de familias en Luquillo, Río Grande, Patillas, Maunabo, Guánica y otros más que lo perdieron todo y dependen de dádivas de buena fe.

“Aquí han venido personas enseñándome videos que hay de niños con hambre, hay niños que yo tengo que llegar a esos sitios. A través de esa persona que me está ayudando y que me va a ayudar, la señora que estuvo aquí me va ayudar (Margarita), nosotros vamos a llegar a esos sitios”, aseguró Ana con firmeza en su voz.

Su único obstáculo para ayudar a estas personas es poder salir de su actual circunstancia infrahumana en la cancha Damaso Rosa, lo que espera lograr pronto mediante el programa de Sección 8 del Departamento de Vivienda Federal. Pero aún esa mudanza sería temporera, en lo que reconstruye su humilde casa en el barrio Pitahaya, que fue destrozada por María.

“[L]a misericordia de Dios llegó hasta mí”, razonó Ana al preguntársele por qué ayuda a personas en necesidad cuando ella también vive en la misma necesidad.

Cuestionada por qué entiende que el gobierno, con su acceso a recursos y a la provisión de ayuda, no prioriza ni atiende las necesidades de aquellos que ella atiende, Ana recordó cómo antes del huracán se apuntó en un listado de espera por tres años para reubicar su hija y su nieta de su hogar en Pitahaya. Recordó también que su casa nunca fue conectada al sistema de la Autoridad de Energía Eléctrica, ni al de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillado y que para así hacerlo necesitaría pagar un total de $3,300 a las corporaciones públicas para conectar la tubería e hincar un poste.

Desde antes del huracán María, Ana vivía con generadores eléctricos y buscaba su agua en un manantial cercano. Lo único diferente ahora es que no tiene techo.

“No entiendo por qué el gobierno no nos está ayudando como nos tiene que ayudar. Porque, yo soy sincera, yo soy tan sincera que, si llega a ser un familiar del gobierno mismo, ya estuviera en una mansión”, argumentó.

“Pero nosotros como somos pobres, yo me consideró pobre. Yo soy pobre. No soy nada del gobierno”, reflexionó.


NC.TV

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