Deportes

La desigualdad en el deporte: un problema patriarcal

No está diseñado para que la mujer progrese.

El deporte que conocemos es una construcción social cultural que preferencia y beneficia a los hombres, razón por la cual las mujeres que se desenvuelven en este ámbito están más vulnerables a instancias de desigualdad en diversos aspectos como el acoso, el hostigamiento, la baja remuneración y otras formas de violencia, meramente por ser mujeres.

Esta conclusión se ha abordado en los pasillos académicos, pero ha cobrado fuerza entre los esfuerzos a nivel mundial que buscan una participación equitativa entre hombres y mujeres, caso en que Puerto Rico no es la excepción. 

Estas conductas que promueven las disparidad tienen su origen en la mutación del concepto de educación física, en donde se busca el movimiento o la canalización de energías, a deporte espectacularizado, donde “sacrificamos salud y todo el beneficio social por el rendimiento”, según el profesor Fernando Aybar Soltero.

Aybar Soltero forma parte del Centro para la Aplicación y Estudio de la Psicología Deportiva junto a la también profesora Enid Rodríguez Nogueras, ambos de la Universidad de Puerto Rico (UPR) y quienes explicaron cómo el género es un factor determinante en la actividad deportiva.

Cuando se habla del deporte como una construcción sociocultural se refiere al hecho de que el deporte es una creación humana, por tanto consiste de todos los conceptos y las definiciones que el ser humano le ha impuesto desde su concepción, como la primacía del hombre heterosexual.

De acuerdo a los profesores, la visión sobre el deporte como una estructura dominada por hombres tuvo sus primeras manifestaciones en Grecia, donde se originaron los Juegos Olímpicos para honrar al dios Zeus. En el evento celebrado cada cuatro años no había participación de mujeres, quienes además tenían prohibido asistir a los juegos si estaban casadas, y se valoraba la fuerza masculina.

No fue hasta ocho siglos después —cuando la estructura ya estaba montada y manejada por hombres— que las mujeres comenzaron a participar por exhibición, cosa que aún se ve en algunas disciplinas, pero luego como un evento reconocido por la oficialidad.

Posteriormente, en la transición de la vida rural —mayor contacto con la naturaleza y menos comodidades— a la urbana por concepto de la industrialización —encierro y control—, continuó la división de los supuestos roles adscritos a un género hasta naturalizar “quién es público y quién es privado. A ti, la mujer, te toca lo privado, que es lo doméstico, y al hombre le toca lo público”, declaró Aybar Soltero.

“Esa estructura supuestamente natural tiene unas construcciones y unos valores adscritos a lo que esperamos de un género y de otro. Ahí se normaliza el hecho de que supuestamente los varones son físicamente más fuertes, más hábiles que las mujeres y empieza esa definición por roles a plantearse que es normal que el nene brinque más, que la nena brinque menos, que los músculos del nene sean más grandes. Por lo tanto, cuando se mira el rendimiento dicen que los verdaderos deportistas son los hombres, las mujeres solamente participan o están invitadas y hay una que otra que está masculinizada físicamente para poder llegar a ese nivel”, esbozó el profesor del Recinto de Río Piedras de la UPR.

Desde ese acto de naturalización surgen las justificaciones que perpetúan la desigualdad deportiva entre géneros. Por ejemplo: “el deporte femenino no vende”, sus atletas generan menos dinero porque “no hay participantes suficientes” o “las cosas son así”. 

“Este deporte contemporáneo que vivimos se hizo por y para el hombre así que va a rendir beneficios a aquellas cualidades que social y fisiológicamente se le adscriben al hombre”, puntualizó Aybar Soltero.

La violencia se normaliza

Esta normalización continua del “ser así” que solo beneficia al grupo dominante —a los hombres— y vulnerabiliza a las mujeres, desemboca en desigualdad salarial, ausencia de ligas o escenarios donde las mujeres puedan probarse, situaciones sexistas o la proliferación de casos de hostigamiento sexual y acecho. 

De acuerdo a Rodríguez Nogueras, profesora del Recinto Universitario de Mayagüez de la UPR, parte de la perpetuación de esta disparidad yace en que desde la estructura misma surgen una serie de contradicciones que no permiten cambios. Por un lado, se insiste en que lo femenino “no vende” pero a la vez no se promociona adecuadamente; se sexualiza o se toman otras medidas que desincentivan la participación femenina. Incluso, es tan normalizado que las mismas mujeres adoptan esos discursos.

“También conocemos que la fémina, cuando está a otros niveles de poder, tiende a adoptar comportamientos que son masculinizados. El deporte tiende a ser muy masculinizado, híper-heterosexual. Todas estas características se magnifican y las féminas tienden, desafortunadamente, a ejecutar lo mismo. Tanto atletas, administradoras, entrenadoras no necesariamente mantienen unas características que se podrían esperar de una fémina. [Al contrario] van a ser bien parecidas al comportamiento o conductas de un entrenador varón. Probablemente no sea así fuera de la cancha, pero dentro de la cancha lo aprendió”, señaló la profesora.

Rodríguez Nogueras atribuyó estas conductas a la falta de representatividad en los equipos deportivos, su personal administrativo y los grupos de gobernanza de las ligas. En su mayoría, estos conjuntos son dominados por hombres y no cuentan con quien interceda por los derechos de las mujeres o grupos minoritarios por su género, raza u orientación sexual.

“Con que tengamos 50 por ciento de varones y 50 por ciento de féminas y que los beneficios y recursos sean como los tenemos ahora, no va a resolver el problema. Sí se va a resolver si aumenta la participación femenina como atleta, como entrenadora, como jueces y árbitros, como parte de la administración de los federativos y los clubes. No que sean vocales ni secretarias, es que puedan tener posiciones de poder porque entonces la fémina puede dentro de la administración poder abogar por estos derechos”, describió Rodríguez Nogueras.

A nivel estructural, además de fomentar la participación equitativa, la profesora apuntó a la falta de protocolos, reglamentos o procedimientos que sienten las bases para atajar la desigualdad de género.

“Uno de los componentes clave para mejorar la equidad en el deporte es que dentro del mismo deporte se pueda identificar qué nosotros buscamos con equidad, cómo nosotros sabemos que alcanzamos la equidad, porque sino podemos seguir luchando por diferentes cosas y nunca vamos a saber si logramos esa meta. ¿Cuántas féminas quiero participando? ¿Cuántas entrenadoras, directoras atléticas? Si no [lo hacemos] va a seguir pasando así, una en tenis de mesa, una en natación, una en gimnasia, en tenis y así, a cuenta gotas”, recomendó Rodríguez Nogueras, en referencia a las mujeres puertorriqueñas que actualmente lideran el deporte en la Isla.


Este es el primero de tres artículos sobre la desigualdad de género en el deporte.


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