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Opiniones

La inteligencia artificial no es el diablo

Un movimiento de entronización tecnológica, que ha venido siendo alimentado y magnificado por los medios y que, si bien es cierto que se ha entrometido en nuestro día a día, no lo condiciona por el momento para temerlo de un modo irracional.

Jaime Sanabria.
Foto: Archivo/NotiCel

La estadística, aplicada a la demografía, es una ciencia tan exacta como lo contrario. Las distintas fuentes que contabilizan los movimientos de la población mundial ofrecen cifras dispares, aunque hasta la más conservadora de ellas cifra el crecimiento diario de la población (balance entre nacimientos y defunciones) en 205,000 personas, para una población actual de 8,077 millones de terrícolas, elevándose esta cifra hasta los 8,140 millones para otra de esas fuentes demográficas globales con un crecimiento diario de 275,000 nuevos terráqueos.

Números que marean, que baten récords diarios de ocupación del único planeta habitado conocido y que acarrean una transformación continua de la productividad, en todos los órdenes, para dotar de recursos, avanzados o básicos, según el país, a los nuevos inquilinos de la Tierra, entre 70 y 100 millones anuales, según la fuente que se cite; o lo que es lo mismo, entre 25 y 33 veces la población de Puerto Rico, si redondeamos esta a 3 millones.

Los profetas apocalípticos, fieles a la tradición de llamar la atención con calamidades venideras, pronostican hambrunas, catástrofes climáticas insalvables, ruinas económicas y la venida de los mesías de las distintas religiones para volver a salvar al ser humano del pecado y de sus vicios, pero lo cierto es que, a pesar del amarillismo de los medios y la prensa, el hambre se ha reducido en términos globales, las guerras siguen teniendo la misma constante por la pertenencia del ser humano a una especie belicosa, conquistadora y jerárquica, y las catástrofes medioambientales están sujetas a ciclos, y no necesariamente van a más exponencialmente (en este 2023, solo se han contabilizado seis huracanes y catorce tormentas tropicales en la temporada de huracanes del Atlántico, la nuestra, una de las cifras más bajas de las últimas décadas), desmintiendo de ese modo a los agoreros del crescendo infinito de estos sistemas atmosféricos.

Como suele ser habitual cuando un elemento de progreso exponencial irrumpe en nuestra civilización, los mismos catastrofistas que, en el año mil, pronosticaban el fin del mundo (milenaristas los llamaron), los mismos que se hicieron eco en otro fin del mundo fallido pronosticado por los mayas para el 2012, los mismos igualmente que se decantan por la interpretación cataclísmica de las profecías de Michel de Nostradamus, han predicho que ese elemento de progreso exponencial que ha intervenido nuestra cotidianidad y que no es otro que la Inteligencia Artificial (IA) va a convulsionar el actual y supuesto equilibrio laboral y va a relegar a la especie humana poco menos que a un rol de comparsa.

El inexorable incremento de población también ha llevado aparejado un aumento de la ocupación desmintiendo una vez más a los profetas de la desolación universal; los mismos agoreros reencarnados generacionalmente que hace más de un siglo pronosticaron poco menos que la mendicidad de una parte de la población laboral activa cuando Henry Ford introdujo la primera cadena de ensamblaje, en 1913, argumentando, como hoy, que la mecanización del trabajo robaría centenares de miles de empleos a los obreros que realizaban destrezas manuales.

Parecido movimiento alarmista ocurrió en las grandes ciudades cuando a principios del siglo XX los autos de gasolina suplieron paulatinamente a los de tracción animal y los milenaristas auguraron un cisma en el empleo, otro. Similares mareas de la quiebra del orden laboral se manifestaron cuando el Internet fue tomando progresivamente el mando del día a día del ecosistema laboral. Son algunos ejemplos; las predicciones incumplidas suman docenas, centenares, pero los nuestros siguen, seguimos aquí, sobrepuestos a pandemias, a contiendas mundiales, a colonizaciones alienígenas, a terremotos y a olas de calor gestadas en los mismos fogones del infierno.

Y es que, hasta el presente, la tecnología se ha ocupado de resolver los conflictos que la propia tecnología ha ido generando con el plus de ir mejorando las condiciones de vida generales de una humanidad siempre en proceso de transformación, siempre expuesta a la conjunción de cada vez un mayor número de inteligencias que arrojan un sinnúmero de avances en cualquiera de los campos que rigen el devenir de la especie dominante.

Pero ahora sí, ahora es diferente, este “ingenio” es el Armagedón de la estabilidad laboral, uno de esos vientos comenieves que soplan del Oeste en las Rocosas, advierten los predicadores de lo funesto sobre una IA que va a socavar los cimientos del entramado laboral y va a erradicar un sinnúmero de profesiones en detrimento de un ente abstracto, descabezado, que parece resuelto a aprender de sí mismo como es la IA.

Un movimiento de entronización tecnológica el de la IA, que ha venido siendo alimentado y magnificado por los medios y que, si bien es cierto que se ha entrometido en nuestro día a día, no lo condiciona por el momento para temerlo de un modo irracional. Sin embargo, pese a que, desde distintos vectores de poder han intentado imponer trabas, cortapisas, obstáculos normativos a la IA, no ha habido una sola tecnología en el devenir de la humanidad a la que se haya podido frenar su proceso expansivo. Sirva como paradigma la energía nuclear, desde su descubrimiento a finales del XIX, su eclosión en las tres primeras décadas del siglo XX, y su posterior sometimiento con fines belicistas hasta engendrar un poder tan letal de destrucción indiscriminada que el hombre fue consciente de él y restringió su uso militarista, aunque sin renunciar a su desarrollo con fines pacifistas. El otrora potencial enemigo destructor convertido en aliado.

No deja de ser la IA un instrumento llamado a continuar la transformación de la actual civilización que, sin duda, desaparecerá profesiones del mismo modo que lo ha hecho el propio Internet por selección natural, por incidir sobre lo tecnológico, por prevalecer lo ciberoperativo en detrimento de lo manual.

En los próximos años puede, solo puede, que desaparezcan los choferes ante el auge imparable del carro autónomo; que los programadores informáticos generalistas dejen su espacio a los inteligentes; que los diseñadores gráficos, los gestores de algunos contenidos, los asesores financieros, los operarios manufactureros, los y las cajeras de supermercados queden relegados a un plano secundario y puedan ser reemplazados por la IA. Esa merma ya se viene dando desde años atrás, desde que la robótica sustituyó a parte de lo manual en las mismas cadenas de ensamblaje.

Sin embargo, aquellas profesiones necesitadas del factor humano, de ese extra que proporciona el instinto, la sabiduría, la experiencia, la perspectiva (el personal de salud), la creatividad personalizada (actores, escritores, malabaristas, escultores, pintores…) y un sinnúmero de actividades en las que ese factor humano (trabajadores sociales, doctores, abogados) prepondera se servirán de la inteligencia artificial para mejorar el desempeño de sus profesiones, convirtiéndose la IA en una dinamizadora, y no en una exterminadora de trabajos.

Además, la propia IA requerirá de monitores, instaladores, matemáticos, programadores especializados, estadísticos y un sinfín de nuevas profesiones que ahora ni siquiera somos capaces de imaginar.

La IA no ha plantado una caseta de campaña provisional en nuestra corteza terrestre para gozar de provisionalidad, no; ese nuevo tipo de inteligencia, alumbrada por humanos, reside ya en un búnker indestructible porque se ha instalado de manera permanente en el manto mismo de la Tierra para reforzar los cimientos de nuestra especie. Y no solo no va a acabar con el empleo, sino que va a propiciar muchos más porque hay estudios que avalan el superávit de los novedosos frente a los desaparecidos.

La inteligencia natural de los humanos debe posibilitar la instrumentalización de la IA para seguir desarrollando la civilización. Es inevitable que genere usos perniciosos, capciosos, de intentos de dominación, pero una vez más y a largo plazo, cuando se estabilice como tecnología, sus bondades compensarán la inevitable mala praxis de esa minoría que suele tender al mal.

Sorbamos las virtudes de la IA, contribuyamos a su buen uso.