Inteligencia Social

A Héctor Ferrer, de parte de un adversario político

Ha muerto prematuramente Héctor Ferrer Ríos. Como se ha dicho tantas veces, en el orden natural de las cosas, no deben los padres tener que encarar la dura prueba de enterrar a un hijo, como tampoco, hijos tan jóvenes como los tres de Héctor debieran tener que hacerlo tan temprano en sus vidas.

Mi primer y sentido pésame va para los padres y los hijos de Héctor y para sus hermanos. Extiendo similar sentimiento a toda su familia y amigos; a sus correligionarios a quien tanto quiso, y al resto de sus compatriotas con quienes sintió el amor profundo por su Patria.

Quisiera compartir esta sencilla nota de afecto, no de duelo, de una relación de amistad y de compañerismo que creció a lo largo de los últimos 18 años gracias al extraordinario puente de la vida y del quehacer político que nos juntó en el camino. Héctor, podríamos decir sin exagerar, fue mi adversario político, es decir, que no coincidíamos a veces en nuestras criterios políticos. De hecho, debatíamos públicamente durante años en la radio, en la televisión y en el Hemiciclo de la Cámara de Representantes, donde ambos fuímos portavoces de minoría, y él también de mayoría.

Era un debatiente duro, a veces feroz, con un sentido del humor campechano, muy raras veces lacerante, y con un dominio del lenguaje del pueblo que fue puliendo con los años, que lo hacía ser efectivo y hasta ameno, aún para quienes se lo enfrentábamos.

Héctor era sobre todo una persona humilde de esas que podían llegar a todos, quizás con la ventaja de haber sido un deportista competidor —fue pelotero en la universidad— con la capacidad que ello brinda de ser disciplinado y saber tomar las cosas cómo venían de donde llegaran. Tenía un agudo sentido de lo táctico y de lo estratégico, una enorme paciencia y una inteligencia grande de la cual nunca presumió.

Apenas este verano se graduó de su maestría en Derecho —lo que le insistí mucho, aunque no la necesitase— cuando le aconsejé y encomendé para que se dedicase a enseñar, lo cual hizo parcialmente. Sabía que detrás del Político —me refiero al político con “P” mayúscula— había madera de buen profesor.

El portavoz alterno de la minoría y el portavoz de la mayoría popular en la Cámara fue también un excelente legislador. Estudioso, conocedor, puntual, riguroso, persona de palabra, magnífico negociador, buen polemista, y más importante todavía, persona que se indignaba ante las injusticias y los chanchullos, y ante la corrupción y la incompetencia.

En su primer cuatrienio, presidió la Comisión de Asuntos del Consumidor con mucha destreza y la Comisión de Ética con valentía e integridad. Supo arrostrar la crítica de sus compañeros legisladores, incluso de algunos su propio partido, cuando dio curso a querellas que desembocaron en renuncias y en sanciones a legisladores de su propio PPD y del PNP. No se amilanó, aun cuando lo acusaban de haberme cedido la presidencia de aquella Comisión, compuesta por representantes del interés público y por otros legisladores verticales como Junior Pérez, por sólo mencionar a uno.

Le conocí muy pocos defectos y sus virtudes eran por mucho, muchas más, tanto como el deseo de superar esos errores.

En su tercer cuatrienio, levantó y dirigió a su partido luego de una derrota aplastante. También enfrentó la adversidad con estoicismo y valor, sin dejar que el látigo de la injusticia, la ingratitud de algunos adversarios y hasta correligionarios, ni el abuso de poder lo derrumbasen. Renunció con la frente en alto a su escaño y a una candidatura a la Alcaldía de San Juan que resultaría promisoria para su sustituta. Se defendió exitosamente y pudo ser de los pocos que regresó a la política electiva más sabio, más fuerte, con la frente en alto, y con un corazón sin amarguras y más generoso.

En las elecciones pasadas fue candidato a Comisionado Residente y volvió este cuatrienio a retomar las riendas de su partido, enfrentando viejos y nuevos enemigos. Es que Héctor sabía perdonar, porque fue una persona de principios y de fe, por más que a causa de un extraño giro de la mansedumbre y de la hombría de bien no andase pregonándolo, quizás para que no se pensase que quería sacar algún provecho indebido.

Es posible que algún lector difiera de los juicios que expreso en este testimonio. Se me opondrá que como todo ser humano Héctor tenía defectos, y es correcto. Pero le conocí muy pocos defectos y sus virtudes eran por mucho, muchas más, tanto como el deseo de superar esos errores. Pues es ahí, donde radica la plena humanidad del amigo: saber y poder superarse desde el error, y estar dispuesto a traducir en servicio al prójimo y redención, el costo de los errores o tropiezos superados.

Hay en la última etapa de la vida de Héctor dulces ejemplos de redención. Siempre nos manteníamos en contacto, su hijo menor Eduardo y mi hija Mariana iban a la misma Academia lo que nos daba la oportunidad de coincidir a veces, o de llamarnos e ir a desayunar o a almorzar, y continuar con nuestros intercambios de criterios desde las coordenadas extraordinarias del respeto y del afecto por el adversario que deviene amigo de muchos años.

Lo que más me impresionó de Héctor, más que todo lo que he relatado, fue la manera en que asumió su lucha contra la enfermedad. Haciendo memoria, no debió sorprenderme tanto. Mucho antes, había tenido una afección cardiaca y le habían hecho angioplastía y colocado mallitas, y después de ello se metió a las competencias de tríalo como si nada hubiese sucedido.

En esta ocasión su lucha era otra. La madurez de una década más le permitía entender mejor lo que debía enfrentar. ¡Y cómo lo hizo! Fui testigo y lo vi cargando en una cartuchera los tratamientos de quimioterapia ambulatoria que complementaba con las estancias en el hospital; lo vi asumir con rigor y puntualidad la dirección de su partido y las amarguras que esa responsabilidad conlleva, y lo continué viendo ejerciendo como abogado para ganarse la vida y el sustento de su familia. Hace unos meses me cruzó por el lado saliendo del Tribunal de San Juan en Hato Rey en la calle Coll y Toste. Estaba perdiendo parte del peso que había ganado, y me estremecí con la idea de que la enfermedad estuviese retornando como luego supe.

Nos hablábamos con menos frecuencia, nos escribíamos, lo veía en el otro frente de batalla —el político— siendo escaldado por uno que otro de los suyos y de los ajenos, y hasta escribí sobre el tema en este espacio.  Hace un rato mi madre entre sollozos me llamó por teléfono para preguntarme cómo estaba, para decirme que mi hermano Héctor había muerto.

Comparto con ustedes mis últimos mensajes de texto a Héctor:

17 de octubre: “Querido hermano. Rezo. A través del sutil e inquebrantable puente de la oración y del pensamiento estoy a tu lado. Cuídate Héctor. Dios no se separa de ti”.

25 de octubre: “Dale fe a la fuerza y refuerza la fe. Hermano… seguimos”.

El 27 de octubre recibí una profunda y tenue respuesta suya:  “Amén”.

Descansa en paz, Héctor Ferrer Ríos, ahora sigues acompañando al Padre y a tus hermanos en el corazón.

*El autor es doctor, abogado, profesor y estudioso de los procesos legislativos y reglamentarios. Fue asesor y luego portavoz del PIP en la Cámara durante 24 años.


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