Inteligencia Social

Aquella semana de abril hace veinte años

Había sido una semana muy dura. Sesión legislativa intensa, vistas públicas y muchos compromisos. Fue una semana mucho más dura por la muerte en Vieques de dos patriotas, Don Elías y Minguita. A ambos los conocí por lo menos una década antes. Entonces, don Elías, a quien visitaba cada vez que iba a Vieques en su casa en Isabel II, era un hombre mayor, militante del Partido Independentista Puertorriqueño, combatiente contra la Marina, mecenas anónimo —me enteraría luego— de muchos viequenses. Era un símbolo de resistencia, verticalidad y entereza, como la de esos árboles centenarios, sabio. Tendría en verdad unos trescientos años. A Minguita —le decíamos así por respeto y cariño- quien era nuestra funcionaria en la Junta de Inscripción Permanente y mucho más en su comunidad, la conocí cuando tuve el honor de representarla como abogado para enfrentar unas denuncias, por haber defendido el honor de su bandera con una bofetada en el rostro a un oficial policíaco en plena plaza pública, por haberla pisoteado en señal de desprecio. Eso fue a finales de los años ochenta. Recuerdo que Rubén, me advirtió que si esos casos no se archivaban, no regresara, sin olvidar tampoco, las disculpas públicas que debían recibirse del oficial policíaco.

Ni a Don Elías, ni a Minguita, había forma de amedrentarlos. Habían enfrentado la persecución toda la vida en el epicentro del calvario colonial: Vieques. A Don Elías, el NAVY lo había tratado de arruinar tantas veces en sus negocios —como en las barcazas y la fábrica de hielo— y de hacerle la vida imposible, que al igual que Minguita, estaban acerados frente a la adversidad con estoicismo y bondad. Ambos, en lugar de callosidades, habían desarrollado la grandeza de quienes saben que amar a la Patria supone amar a su gente, a toda su gente, sin ceder nunca en los principios.

Había sido pues, una semana durísima, pues me correspondió a instancias de Rubén, ir a Vieques a despedir el duelo de Don Elías, y de paso, visitar a Minguita, que estaba muy enferma… una de las muchas víctimas del cáncer que asolaba a la Isla Nena en el 1999, y aún hoy.

Partí muy temprano a Vieques. Allí, me dirigí a estar un rato en la funeraria a presentar mis respetos a la familia y a los amigos de don Elías, para luego esperar hasta la tarde a la celebración de su vida, en el cementerio viejo de Vieques. Ese largo día de lo que sería una infinita semana viequense, fui a casa de Minguita a lo que resultó ser un encuentro lloroso y trascendente, y una despedida.

A las cinco de la tarde una multitud se congregó en el entierro de don Elías. Todo el pueblo viequense parecía haberse volcado allí. Flotaba un sentimiento de pérdida muy grande, como se reflejó en los mensajes de que diieron líderes de la comunidad de todas las afiliaciones y credos. Allí salió a relucir la profunda y consecuente generosidad de don Elías, patrocinando equipos deportivos, actividades comunitarias, proveyendo alimentos y ayuda a familias en las duras épocas del desplazamiento en los años cincuenta, sesenta y setenta; avivando y aupando a la comunidad. Todos hablaron de una de esas columnas maestras, a veces no tan visibles, que sostienen el edificio de una comunidad, aunque sea una bombardeada física y espiritualmente a diario. Cuando se escriba una historia de la verdadera resistencia y fortaleza de nuestro país durante más de cinco siglos de asedio colonial, muchos nombres como los de Don Elías y Minguita, y la historia de sus luchas aparecerán fúlgidamente, como aquella tarde.

No sabía en ese momento —creo que fue un lunes— que al mes siguiente, estaría con algunos de los asistentes al sepelio trabajando en la Comisión de Vieques. Me correspondió dar el último mensaje cuando ya atardecía, y sobrecogido por lo narrado y por el sentimiento que naturalmente invade el alma y la garganta de quien habla ante el féretro de un amigo, hablé del tema ausente hasta ese momento de la tarde, hablé del Elías patriota, militante del P.I.P., luchador por la independencia de su país y por la liberación de Vieques de la Marina. Les pedí que no lo olvidasen y que lo honrasen y emulasen en esas luchas, pues ni la Justicia, ni la Libertad, pueden existir la una, sin la otra.

No dejé de pensar, mientras regresaba a casa de la Isla Nena esa noche, porqué a pesar de aquella atmósfera impregnada por las maniobras y bombardeos; por la pobreza, la inequidad y el cáncer; nadie había mencionado a la Marina, y menos, a la independencia. Más de cincuenta años de abusos, humillaciones, ruina, desplazamientos y emigraciones forzosas, agresiones, persecusiones y quebrantos, habían sacado del temario de la discusión en público, lo que parecía obvio, el peso brutal del doble colonialismo que aplastaba a los viequenses.

De regreso, hablé con Rubén, le conté sobre la agonía de Minguita, y sobre la extraordinaria manifestación de respeto hacia don Elías con la cual su pueblo lo despidió. Le confesé que estaba triste, con una pena muy honda, por Minguita. También le dije, que me parecía que ella habría de morir pronto. Le resumí a quienes vi durante el día —como al inolvidable Carmelo Belardo o Felícita Sanes, maestros ambos de la misma fibra y estirpe— y le conté del mensaje en el cementerio. Le pedí a Rubén, que si había que volver a Vieques esa semana, por favor, me excusase y que fuese él.

Al día siguiente recibí una llamada de Rubén desde el Senado, para decirme que Minguita había muerto y que él iría a Vieques al sepelio. Casi toda esa mañana la pasé pensando en Vieques, en la contaminación, las enfermedades, el cáncer, el desgarramiento de ese pedazo de Patria; en la enorme hipoteca militar y colonial que tenía que soportar sola; en lo poco que había hecho —un par de proyectos de ley y resoluciones— mientras Vieques agonizaba. A fines de enero o principios de febrero del 1999, tres meses antes, había escrito una columna en El Nuevo Día, La Hora de Vieques, más como intuición que por elementos constatables. Nada parecía indicar que las condiciones estuviesen maduras para un cambio en aquel momento.

Rubén fue a Vieques a despedir el duelo de Minguita. La segunda militante del partido que fallecía en Vieques esa semana. Había maniobras, es decir, bombardeaban. Cuando en Vieques bombardeaban —ello ocurría durante meses, doscientos días al año y maniobras otros cien— el estruendo de las explosiones se oía y sentía hacia el oeste en Isabel II y en La Esperanza que ocupan junto con Destino, entre otros lugares, el centro de la Isla.  En gran parte del Vieques poblado temblaba la tierra. Esa tarde, mientras iba a buscar a Rubén al aeropuerto a su regreso de Vieques, dieron por radio la noticia que una bomba había matado a una persona allí. Cuando llegó, le pregunté si conocía de la noticia. Estaba claro que no, que en el trayecto no había radio. Me dijo, que hace un rato terminaba sus palabras en el cementerio preguntando a los presentes ¿Qué están esperando los viequenses para actuar, que una bomba caiga y mate a un viequense?

Sobrecogido por la coincidencia fatal, recuerdo que le dije, tendremos que volver juntos a Vieques por segunda vez esta semana. El difunto era David Sanes Rodríguez, un guardia de seguridad que estaba en el puesto de observación de las maniobras, y que fue matado por una bomba errante arrojada negligentemente desde un avión por un piloto cuyo nombre, veinte años después, no se conoce aún.

He contado esta historia un par de veces. Me preguntan quienes la han escuchado, cómo fue que se pudo sostener durante los siguientes cuatro años la lucha por la salida de la Marina que se desencadenaría. Teníamos el ejemplo de Culebra, el ejemplo y la inspiración que nos infundió Rubén, y tuvimos como tenemos todavía hoy, también, el ejemplo de Don Pedro y Don Gilberto, de Elías y de Minguita, entre tantos.

*El autor es doctor, abogado, profesor y estudioso de los procesos legislativos y reglamentarios. Fue asesor y luego portavoz del PIP en la Cámara durante 24 años.


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