Inteligencia Social

Hora de la sensatez

[OPINIÓN]

Este mes se cumplirán seis meses, aunque se nos quiera hacer creer que ocurrió en otra época, de las extraordinarias manifestaciones que condujeron a la renuncia del entonces gobernador, hoy referido al Panel del FEI, Ricardo Rosselló Nevares. Fueron notables las manifestaciones de protesta que durante doce días se desarrollaron en todo Puerto Rico, particularmente en San Juan.

Dos manifestaciones fueron masivas, una desde el Capitolio hasta la Plaza del Quinto Centenario cuyo recorrido tomó varias horas, a causa del atasco natural, y a la que asistieron varias decenas de miles de personas. La otra se celebró en un lugar abierto en el expreso Las Américas y congregó a cientos de miles de personas. Hubo, además, todas las noches –aunque también durante el día- manifestaciones de cientos de personas. Estas fueron manifestaciones duras donde el intento de
intimidar y la represión estuvieron presentes dirigidas desde la jefatura policiaca.

De hecho, el Comisionado de la Policía, Henry Escalera, cobró notoriedad como el personaje que suspendía la Constitución a las 11 pm y dirigía las unidades tácticas de la Policía –y de la Administración de Corrección-- intento que resultó vano, para desalentar a los manifestantes, o peor, quién sabe, si para conseguir un incidente que cambiase lo que se sabía sería el inminente desenlance de la dinastía Rosselló a la cual acompaño buena parte de su carrera.

La estrategia era sencilla: provoca o déjate provocar, prende la grabadora y suspende la Carta de Derechos dando por acabada la manifestación o dispersándola con gases y palos. Se trataba de una apuesta peligrosa para todo el mundo, pues aunque no se trataba de muchas personas a esa hora, siempre se daba una estampida-persecución por las estrechas calles Cristo y Fortaleza, y más allá.

Presencié este bochornoso espectáculo varias veces pues vivo allí, y fui junto a muchos vecinos, parte de quienes nos manifestamos todos los días en el "Ricky renuncia". Se trataba de algo, a decir verdad, peligroso. Otra vez, porque esa estampida que se desataba relativamente pequeña podía conllevar una desgracia. No sé si fue el Municipio de San Juan o la American Civil Liberties Union quienes acudieron al tribunal para detener la embestida de la jefatura policiaca, aduciendo precisamente el grave peligro que provocaba y el riesgo de una estampida humana.

Una posposición sensata no va a matar a nadie, menos aún llevarlo a la ruina. Hay que concentrarse en la solidaridad, sin llevarla a lo trivial.

Desde el 28 de diciembre la tierra ha estado temblando en Puerto Rico. Se han sentido al menos un centenar de los más de 1,300 temblores que han ocurrido. Aunque la mayor parte de esos movimientos de la tierra habían afectado más directamente a Guánica, Guayanilla, Peñuelas, Yauco y Ponce y a la periferia de otros diez municipios, nos tocó sentir en todo Puerto Rico un terremoto de 6.4 grados en la escala Richter la madrugada del 7 de enero, y sus secuelas desde entonces.

En mi artículo anterior, critiqué que el gobierno central distrajese sus recursos organizativos y atención durante una semana en la gestión de reconcentrar en San Juan la actividad de entrega de juguetes del Día de Reyes. Había que actuar tan pronto se supo el día 28 o 29 de diciembre que los temblores no eran un evento aislado y que podrían agravarse. Pudo más el exhibicionismo primarista y el espíritu del Fuá, que la sensatez y el racionio al servicio de la preparación y de la previsión de riesgos mayores.

La idea que imperó durante los primeros días de este proceso podría resumirse como "los terremotos no son previsibles y a cada quien corresponde asumir la responsabilidad individual de prepararse". Semejante antirazonamiento que desorientó y provocó la inercia del gobierno central durante varios días, y que acaso explique su todavía aparente falta de encuadre y coherencia, no debió esperarse ni
siquiera del nuevo Comisionado de Seguridad, experto en narcotráfico, ni de su flamante asesora, Melinda Romero. Pero no hay que cargar la cosa. Lo pasado debe ser evaluado, para aprender, enmendar, cumplir y para asignar responsabilidades. Todavía más importante es lo futuro.

Expliqué en mi artículo anterior que había que suspender los libretos –y me refería claramente a los primaristas y a las simulaciones de que se gobierna, y preguntaba si también las fiestas de la calle San Sebastián. Lo planteé desde una vertiente de previsión y cautela, sumada a una visión de la solidaridad que desde mi punto de vista no debe ser manoseada o volteada para plantear un "que siga la fiesta y vamos a recoger artículos para el sur". Argumenté y sostengo que mientras esté temblando la tierra, y ayer, día de Hostos, 11 de enero, se sintió tremendo estremecimiento en el Viejo San Juan al menos dos veces, se deben suspender o posponer la celebración de las fiestas de la San Sebastián.

Si el cálculo del Municipio de San Juan, que a pesar de la Junta –me refiero a la local— es quien propone y dispone de las Fiestas, es traer 1 millón de personas en cinco días, ello significa que habrá grandes atascos y aglomeraciones nunca vistas en el Viejo San Juan. Reitero, un evento de 15 o 30 segundos –como uno de los temblores de ayer, 11 de enero, a lo largo de cinco días, puede provocar una o varias estampidas humanas en un lugar que nunca fue diseñado para llegar a contener estas multitudes.

Sostengo que los riesgos muy juiciosamente planteados durante las embestidas represivas policiales de las 11 pm en julio pasado, se multiplican en magnitudes mucho más grandes en un Puerto Rico y Viejo San Juan cuyo suelo sufre todavía las sacudidas-réplicas del terremoto.

Los organizadores y las autoridades públicas bajo cuya supervisión y auspicio se realizan actividades deben evaluar los riesgos reales, no imaginarios, ni especulativos que cada una plantea en este momento.

Por otro lado, soy del criterio que el país no está en este momento en espíritu festivo. Miles de compatriotas duermen a la intemperie en media docena de municipios y esperan todavía por asistencia urgente. Sería festinado insistir en aglomerar un promedio de 200,000 personas por día en el Viejo San Juan a sentarse a esperar por lo que nadie quiere. Se me ocurren por lo menos veinte lugares, esquinas y recovecos de la vieja ciudad donde podríamos presenciar muchas desgracias.

Una posposición sensata no va a matar a nadie, menos aún llevarlo a la ruina. Hay que concentrarse en la solidaridad, sin llevarla a lo trivial.

*El autor es doctor, abogado, profesor y estudioso de los procesos legislativos y reglamentarios. Fue asesor y luego portavoz del PIP en la Cámara durante 24 años.


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