Inteligencia Social

Sensibilidad, sensatez y justicia, a toda costa

Nuestro carácter como individuos y como pueblo isleño está definido, en gran medida, por nuestra relación con las aguas y el litoral que rodean a Puerto Rico. No debe de extrañarnos entonces nuestro afán por vivir o disfrutar de la costa, pero es importante recordar que hay amores que matan.

La desesperación y angustia que deben sentir aquellos cuyas residencias y comunidades están comenzando a desmoronarse frente al mar, como castillos en la arena, debe ser terrible. Como es de esperar, claman por atención urgente de parte del gobierno para no perder sus hogares, y con ello, uno de los bienes más fundamentales en la vida de toda persona. Para atender esta problemática es necesario que prevalezca una gran sensibilidad así como extrema franqueza.

Los reclamos para atender la erosión en muchos lugares del litoral como una emergencia deben obligar a todos a confrontar con honestidad los conflictos que conllevaría, particularmente cuando tal declaración podría carecer de un examen riguroso sobre sus posibles consecuencias. La prisa es mala consejera, por lo que puede ser enemiga de la prudencia.

¿Es razonable permitir la colocación de rocas y otro tipo de barreras artificiales en el litoral para tratar de proteger, aunque sea temporeramente, estructuras privadas del embate del mar, cuando este es un recurso que se supone pertenezca igualmente a todos los residentes de Puerto Rico? ¿Estamos conscientes de que este tipo de acción resulta generalmente en la destrucción de nuestras playas,  y en muchos casos, acelera la erosión en áreas aledañas que no habían sido afectadas? ¿Está dispuesta nuestra sociedad a aceptar este impacto a uno de nuestros mayores atractivos recreativos, turísticos, paisajísticos y ecológicos en la Isla? ¿Es justo que en un país con un gobierno en quiebra, y en donde un gran número de ciudadanos confrontan una grave estrechez económica, subvencionemos el tratar de perpetuar la existencia de estructuras residenciales y de otro tipo en lugares evidentemente vulnerables a la penetración de las olas o la inundación del mar? ¿Es sensato continuar con dicha práctica a pesar de que las aguas del mar continúan penetrando cada vez más debido al aumento acelerado de su nivel asociado al cambio climático, por lo que estas edificaciones están destinadas a convertirse en escombros en pocos años? Ni mencionar el fortalecimiento en la intensidad de los huracanes y su efecto potencialmente catastrófico sobre estructuras ubicadas en la costa.

No se trata de no auxiliar a nuestros conciudadanos cuyas viviendas o propiedad se encuentran en precario.  La razón de vivir en sociedad es ayudarnos a sobrellevar y superar las dificultades entre todos, particularmente cuando la carga o peligro son demasiados para asumirlos individualmente. En lo que concierne a nuestro litoral, debemos entonces promover el uso racional de este recurso, permitiendo solo aquellas actividades que dependan realmente del mar y que viabilicen a la misma vez su conservación. Solo así podrá ser aprovechado por todos en el presente y el futuro.

Puerto Rico cuenta con una oportunidad extraordinaria para promover el desarrollo sostenible de nuestras costas. Los fondos asignados para las labores de recuperación tras el paso del huracán María muy bien podrían utilizarse para financiar una residencia digna y a ayudar en el desarrollo de comunidades en lugares seguros, donde también se ofrezcan oportunidades que eleven el bienestar integral de sus habitantes. El trato debe ser igual para todos los afectados, independientemente si las estructuras o viviendas tuvieron o no un valor monetario considerable en el pasado. Su valor real al presente debe ser significativamente menor a lo que pudo haber sido, si reconocemos el riesgo actual al que están expuestos sus ocupantes debido al colapso producido por el azote constante del mar.

El realojo de todos aquellos cuya residencia principal se encuentra afectada de forma inminentemente por la erosión resulta ser entonces la solución más efectiva y eficiente para ayudar a garantizar la vida y seguridad de los que estas habitan. El proceso debe regirse, a su vez, por la participación justa y equitativa de los afectados. La remoción de estas estructuras permitirá la creación de espacios que viabilicen la restauración de los procesos naturales dinámicos que dan existencia misma a la costa, incluyendo a sus componentes biológicos.  Las dunas de arena, manglares y otros ecosistemas característicos del litoral, ayudan a amortiguar la energía de las mareas, marejadas y el oleaje, y por ende, las fuerzas erosivas del océano. Estas barreras naturales podrán migrar en dirección a tierra a medida que continúe avanzando el nivel del mar. Es así como pueden, si se les brinda espacio, alargar la vida útil de aquellas estructuras que por el momento no estén siendo afectadas directamente por encontrarse un poco más distante del mar.

No debe sorprendernos el clamor por una moratoria en la construcción de nuevas estructuras a lo largo de una franja de 100 metros de ancho perteneciente a la zona costanera, debido al asecho de múltiples edificaciones propuestas frente al mar, aun tras el paso del Huracán María. Tal es el caso de un complejo residencial-turístico siendo erigido cerca de la Reserva Natural del Río Espíritu Santo en Río Grande, como también un edificio de apartamentos al final de la Calle Yardley Place en Ocean Park, comunidad asediada por la erosión tras autorizarse la ubicación de estructuras en el pasado sobre la playa.

La tarea por delante es compleja. Sin embargo, el camino a seguir es simple: no podemos continuar con la irresponsabilidad de permitir más construcciones cerca al océano. Está en nuestras manos si vamos a actuar con sensibilidad, sensatez y justicia. Las circunstancias lo exigen, a toda costa.

*El autor es planificador y científico ambiental, ganador del Premio Ambiental Fundación Goldman 2016.


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