Inteligencia Social

Soñando con Puerto Rico

Ante los Jueces del Olimpo

Tuvo que ser cuando los astronautas americanos caminaron sobre la Luna, donde sospechosamente no encontraron a un borincano, cuando la Apollo Sound de Roberto Rohena hizo famosa esta canción de Bobby Capó, Soñando con Puerto Rico, que ha debido llegar a ser himno como el Verde Luz de Antonio Cabán Vale, o como la Preciosa y Campanitas de Cristal de Rafael Hernández. La del Topo, aparecería unos cuantos años después, llegado ya a mi adolescencia e infancia universitaria.

Nada como el recuerdo, para idealizar o perfeccionar las cosas y detalles de la temprana adolescencia, ni como la memoria para perpetuar esas reediciones. A la distancia de medio siglo examino la letra pegajosa de lo que sería aquel ¿bolero? que se me grabó para siempre, como aquella "lágrima que brota" que la imaginé bajando.

Hoy estoy pensando en que más puertorriqueños que nunca antes, podrían estar añorando a Puerto Rico desde la distancia. Casi dos de cada tres, cifra que se acerca a los seis millones, impulsada por el colapso de la colonia, sus modelos, pillajes, y por la desidia del Congreso de los Estados Unidos, podrían quizás entonar nostálgicamente esa canción. Ese Congreso, parapetrado en la cláusula territorial de su Constitución y en el amparo que le brinda su Tribunal Supremo, violenta cada día los derechos de una nación territorializada e insularizada y de sus casi nueve millones de integrantes, sean hijos, nietos o biznietos.

Soñar con Puerto Rico debe ser algo lindo. Si el discrimen te aplasta, si el frío te entumece, si la marginación te arrebata siquiera la esperanza de soñar; soñar con Puerto Rico podría ser tu único amparo o refugio si te han obligado a irte, si tu país te cierra las puertas o te condena a la pobreza y al abandono. ¿Pero se ha pensado alguna vez, en serio, por qué es que la puerta de salida es más apetecible que la del regreso?

¿O es que en Puerto rico no se educa lo suficiente para que todos podamos entender las causas reales, no del desarraigo, sino las de la expulsión?

Claro que no se educa. El colonialismo es una sumisión agigantada por la ignorancia, los miedos y la opresión. Es una revictimización perpetuada por un sentimiento de impotencia que se cultiva, y por el secuestro de los instrumentos para siquiera plantearse la posibilidad de un futuro propio. Es precisamente, el colonialismo, la destrucción del derecho a soñar, a imaginar y forjar un futuro distinto aquí, en la "tierra bendita" distante o cercana.

Sucesiones de migraciones han sido contadas y cantadas en estas canciones de arraigo en el imaginario del pueblo. La evocación a la belleza, maltratada por décadas de progreso tóxico industrial, ha sido un recurso inagotable. "Preciosa te llaman los bardos que cantan tu historia. No importa el tirano te trate con negra maldad". La denuncia nunca fue menos opaca. Aunque en algunas letras pusieron "destino", en vez de tirano. "Preciosa serás sin bandera, sin láureos, ni gloria...", una denuncia precisa a ese colonialismo insularista que pretendió taparse "legalizando" izar la bandera de Puerto Rico emparejada con y mientras estuviese vigilada por la del Imperio en otra infamia descarnada. "Preciosa, preciosa te llaman los hijos de la libertad". Belleza y albedrío, cuánta belleza.

"Yo no puedo ocultar el orgullo que siento de ser puertorriqueño…y que mi pensamiento no importa donde voy se fuga hacia la islita..." sigue diciéndonos Don Félix Manuel Rodríguez Capó. Mientras que El Topo asegura "… si me ausento de tus playas primorosas, si me ausento de tus palmas silenciosas, quiero volver, quiero volver…"

¿Cuántos de los cerca de seis millones de hijos, nietos y biznietos de Borinquen quieren en verdad volver?

Sé que esta pregunta rompe huesos. Pero es justo que la formulemos precisamente en estos días.

¿Cuántos quieren volver a anidar en el epicentro colonial; a aguantarse la incompetencia y mediocridad de los sumisos y corruptos; a sostener su sistema feudal de privilegios contributivos a pocos y explotación a quienes más trabajan? ¿Cúantos quieren volver al paraíso de la cláusula territorial, al retrete del Congreso, a la plurarquía de la Junta de Supervisión Fiscal, al reino de FEMA y de las agencias federales que promueven al gran capital inversionista estadounidense para "reconstruir" lo que tendría que reconstruirse continuamente en la eterna película del capitalismo del desastre?

¿Cuántos quieren asumir los recortes presupuestarios, las nuevas contribuciones y los nuevos tipos contributivos que habría que imponer para pagar incluso la deuda que no es exigible, que no se auditará y la que se pagará a los fondos buitre aun cuando se admite que sea ilegal?

El terrible escenario de devastación cívica y humana del desastre imperial validándose nuevamente en la insensible arrogancia de su Suprema corte no presenta a una "isla virgen del coral', ni a la Preciosa poéticas. Presenta un lugar cada vez menos viable para retener a sus hijos e hijas, es decir, una especie de preparo para el desplazamiento acelerado, con el aval de las nuevas mucamas bancarias y empresariales intermediarias del patio.

"Me quiero ir, no me sigan juzgando mal" pareciera ser la línea que mejor acomoda a una multitud de puertorriqueños devastados, no por María, sino por esta mole de indignidad y de explotación que encabezan descerebrados que hacen piruetas y cabriolas y se autodenominan líderes. Debiéramos localizar los mejores barrancos, precipicios y farallones del país para ponerles sus nombres. ¡Y mientras,  el gobierno debiera echarle dramamina a las aguas para aliviar el vértigo y las náuseas que provocan!

Todos queremos un Puerto Rico con el cual soñar

Todos queremos un Puerto Rico con el cual soñar, pero no puede ser el de la colonia del cochambre. Hay mugre imperial a vuelta redonda a causa de más de un siglo de abandono, discrimen, explotación e irresponsabilidad de aquellos, y de muchos intermediarios locales.

El país se ha tornado tóxico a niveles intolerables para demasiada gente que se va literalmente a buscar cómo sobrevivir y poder respirar. No se van porque añoran irse, no desgarran sus familias porque quieran abandonarlas. Los que son más, ni siquiera lo hacen por ambiciones aprendidas del capitalismo del sueño americano. No somos así, aunque algunos quisieran hacernos así.

Hay en muchos todavía, demasiadas reservas en la cultura, en la crianza, en la sensibilidad, en el modo de ser, que nos hacen ser, que nos diferencian para bien, e impiden que tengamos un punto de fusión a temperatura baja. Léalo bien mi hermano, hay puertorriqueñidad que es más difícil de fundir que el tungsteno, y la vemos hasta en aquellos biznietos de los que emigraron hace mucho más de medio siglo, que apenas hablan y ni siquiera sueñan en español, pero les ha florecido en su manera de ser todo lo que el "melting pot" nunca logrará derretir.

Aún desde ese extremo natural de la distancia en el tiempo y circunstancia, esos nietos y biznietos tienen derecho a soñar con Puerto Rico aunque sea en inglés. Tienen derecho a venir acá a treparse por las murallas del Morro, a recrearse en los adoquines del Viejo San Juan, a correr en los campos, a bañarse en los ríos y playas, a ver los atardeceres, a leer la historia de nuestros muchos héroes y patriotas, a reproducir nuestras costumbres, nuestra cultura-no cultureta, y a proyectar su manera de ser y a compartir con su sangre hermanada.

Porque a fin de cuentas somos una nación y ser puertorriqueño no es una marca, ni un "branding", ni un "scarlet letter", como piensan algunos negadores. Ser puertorriqueños, nos hace ser parte del mundo de manera propia, sin que el culto por otros nos ahogue la existencia. Nos hace querer hermanarnos con la Humanidad en claves de bondad y plenitud. Nos permite soñar.

Félix Rodríguez Capó, Don Bobby, dirigió la Oficina de Puerto Rico en Nueva York en el 1976 y Rafael Hernández dirigió la WIPR décadas antes. Prisioneros de un sistema colonial quisieron y pudieron crear durante sus vidas. Antonio Cabán Vale lo sigue haciendo. Hay en las letras de sus canciones evocaciones del pasado y nostalgias de un futuro al que podemos volver y que podemos construir. Porque…"Antonia los pueblos no perdonan. Un día esa ley se ha de cumplir".

*El autor es doctor, abogado, profesor y estudioso de los procesos legislativos y reglamentarios. Fue asesor y luego portavoz del PIP en la Cámara durante 24 años.


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