NotiCel desde adentro

Mi misión para ver el cohete que aterriza solo

Un aficionado en su aventura por conocer a SpaceX

Lo más difícil de esta historia es decidir por dónde comenzar a contarla. Así que, con riesgo de aburrirlos entre datos complicados y largas explicaciones de por qué la NASA es más 'cool' que Bad Bunny, empezaré preguntándoles lo siguiente: ¿nunca han contemplado cómo se sentiría estar entre las estrellas? 

Llámenme iluso pero tengo una larga lista en mi historial de YouTube que evidencia cuántas horas paso haciéndome esa pregunta. Aunque terminé estudiando Comunicaciones en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico para alejarme de mi turbulenta relación con los números, siempre tuve una apreciación muy grande por las ciencias naturales; más aún en estos tiempos donde la ciencia pese a sus continuos avances y descubrimientos es rezagada por lo subjetivo y lo banal. 

El 20 de julio de 1969, Neil Armstrong marcó con un “gran salto para la humanidad” el clímax de una explosiva carrera tecnológica propulsada por la rivalidad entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Seis misiones distintas abordo del cohete más grande que jamás haya existido, en el Saturno V transportaron a los únicos 12 hombres en tener el privilegio de abandonar nuestra Tierra para explorar otro cuerpo celeste.

Y no paro de preguntarme si yo algún día tendré al menos la oportunidad de viajar al espacio y ver la Tierra desde otra perspectiva. Gracias a una visionaria compañía que apuesta cada día a la democratización del espacio esa fantasía es cada vez más posible. En honor a su labor y ante mi insaciable curiosidad, me propuse una misión: ver el lanzamiento del Falcon Heavy, el nuevo producto de la corporación SpaceX que ha revolucionado la industria aeroespacial. 

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La NASA apostó a nuevos programas como la construcción de los cinco transbordadores espaciales para llevar carga, hombres y experimentos a órbita terrestre, enviar sondas o vehículos autónomos a Marte y otras áreas del Sistema Solar, y la construcción de la enorme Estación Espacial Internacional para establecer una base permanente en el espacio. Mientras tanto, seguía igual el panorama económico. La exploración espacial estaba a la merced de un Congreso cada vez menos dispuesto en invertir dinero y, aunque otros países comenzaron a desarrollar sus industrias aeroespaciales, Estados Unidos, se mantenía un tanto como el líder estancado, salvo en el aspecto militar donde siempre hubo dinero de sobra. 

Iniciado el nuevo milenio surge SpaceX, el bebé del multimillonario Elon Musk y la idea por la que todo el mundo lo tildó de loco. En serio, todo el mundo. Hasta Neil Degrasse Tyson, una eminencia en el campo científico, lo tildó de “delirante”. Hasta hace poco el acceso a órbita era muy costoso en gran medida por la manera en que están diseñados los cohetes. Poco a poco, van dividiéndose en segmentos más pequeños dejando atrás pesados motores y tanques vacíos que caen al mar tras el despegue. Imagina que cada vez que volaras de San Juan a Orlando, la aerolínea bota el avión y compra uno nuevo para el viaje de regreso. ¿Tienes idea de cuánto costarían tus pasajes? El mismo concepto aplica al espacio. Con vehículos reusables, los costos de lanzamiento se abaratan exponencialmente. 

En diciembre 2015, SpaceX logró el primer aterrizaje en tierra de su cohete insignia, el Falcon 9, un vehículo de 229 pies de alto y capaz de enviar unas 50 mil libras a órbita terrestre o casi nueve mil libras a Marte. El momento, captado en vivo en Cabo Cañaveral, Florida, marcó un cambio en paradigma de lo que es posible. En abril de 2016, tras numerosos fracasos, lograron aterrizar un Falcon 9 en una barcaza en el mar. Poco a poco fueron perfeccionando la técnica, aterrizando más y más cohetes. En marzo 2017 reutilizaron el primer cohete probado en vuelo y, a la fecha, han logrado con éxito 70 de 72 lanzamientos, aterrizado exitosamente en 40 de 48 intentos y reutilizado 19 de esos cohetes al menos dos veces. 

Poco después, en febrero de 2018, lanzaron por primera vez el Falcon Heavy, básicamente tres cohetes Falcon 9 pegados uno con el otro y capaces de enviar unas 150 mil libras a órbita a Marte, convirtiéndose en el cohete operacional más poderoso del mundo. Lo majestuoso o inverosímil de todo no fue el Tesla Roadster color rojo ‘cherry’ que utilizaron para simular carga en el primer despegue experimental, sino ver  dos de los cohetes Falcon aterrizar juntos en el Cabo. El tercero no logró aterrizar en la barcaza, pero a nadie le importó. Habían probado que Falcon Heavy era viable: un próximo paso a la colonización de Marte y la Luna. 

Así las cosas, en abril de este año, con particular permiso de mis jefes para escaparme de la oficina por 48 horas, me monté en un avión y viajé a Fort Lauderdale de madrugada. En carro rentado me trasladé a Cabo Cañaveral con la expectativa de ver esa tarde el segundo lanzamiento de un Falcon Heavy. Lamentablemente, los retrasos son cosa común en los lanzamientos y, por inclemencias del tiempo, pospusieron de martes a miércoles. Ahí mis primeras 24 horas. 

La mañana entrante regresé al Kennedy Space Center con un informe del Ejército en el celular que decía “70% de probabilidad de lanzamiento”. El día estaba hermoso, el ambiente fresco y mis nervios de punta. El lanzamiento estaba pautado para las 3:30 de la tarde pero minutos antes fue pospuesto hasta las 8:30 pm. Vientos en la alta atmósfera ponían en riesgo el cohete, y, finalmente, declararon un ‘scrub’ del despegue a eso de las 7:00. Ahí mis 48 horas. 

Tuve que regresar a Puerto Rico con las manos vacías. Aunque el cohete fue pospuesto solo 24 horas más, no tenía la capacidad económica ni el tiempo para cambiar vuelos, carro y hotel, por lo que me tuve que conformar con una transmisión en vivo en alta definición en San Juan mientras sufría emocionalmente por los gastos incurridos en mi aventura. "Mordío" pero no vencido, aposté al tercer y último lanzamiento de un Falcon Heavy en 2019. La fecha: 2:30 AM del 25 de junio. 

Separé mi calendario, planifiqué con mi familia y ahorré el dinero. Compré pasajes, carro y hotel y crucé los dedos. Para mi sorpresa, la misión sería de noche; “se ve más” del despegue que si fuera de día. En mi búsqueda por lugares para ver el evento, encontré un grupo de aficionados espaciales en Reddit residentes cercanos al Cabo Cañaveral denominados los Space Coast Launch Ambassadors. A través de ellos, di con un grupo aún más pequeño dedicado a excursiones en altamar los días de lanzamiento: Star Fleet Tours.

Por $90 dólares (unas 200 taquillas se vendieron en menos de 15 minutos por Internet), zarpé a las 1:30 AM a mar abierto abordo de una lancha privada de cuyo capitán no recuerdo nombre, junto un padre aficionado de la era Apolo acompañado de sus dos hijas y dos hermanos de apellido Kamp, ingenieros aeroespaciales naturales de Chicago y con metas de un día trabajar en SpaceX e ir al espacio.

No éramos los únicos en la bahía. Toda una flota de lanchas y embarcaciones privadas iba camino al punto de encuentro entre unas seis a 10 millas de donde despegaría el Falcon Heavy y aterrizarían sus dos ‘boosters’. Todos esperaron al último minuto por la misma razón de mi fracaso inicial: los retrasos y 'scrubs' son comunes en los lanzamientos.

El mar parecía un plato de lo calmado que estaba. Un poco de bruma saturaba la noche pero no había ni una nube. Conectado a la transmisión oficial, comienzo a cantar los tiempos. "15 minutes... 10 minutes... 5 minutes... 60 seconds... 30 seconds...".

Con la adrenalina a mil escucho las voces al unísono en todos los botes. "Ten... nine... eight... seven... six... five... four...".  A los tres segundos un destello de luz.

"Three......  Two......  ONE!!!!!! ". 

Galería: El tercer lanzamiento en fotos

Un momento único, sin palabras para describirlo, en una nueva era espacial que promete innumerables hitos en los próximos años, como el regreso del humano a la Luna y la colonización permanente de Marte. Mejor que las imágenes hablen por si solas.

No siempre logramos nuestras metas y el golpe es duro. Uno se siente mal, que perdió el tiempo y el dinero, que quedaste mal parado ante tus amigos, tus jefes o contigo mismo. Pero lo importante es seguir caminando e intentarlo de nuevo. Si algo aprendí en tantos años de pasión e interés por la exploración espacial, es que de cada error uno aprende. Recolecta la data, evalúa los procesos, arregla las fallas, estima nuevos riesgos e inténtalo de nuevo.

Con una misión cumplida consolidé aún más mi interés por el espacio, la ciencia y el descubrimiento de nuevas fronteras humanas, además de una lección que llevaré conmigo toda la vida. Quizás son pocas las posibilidades de un día montarme en un palo blanco y explosivo que me lleve a la Luna. Pero como dijo Winston Churchill: “El éxito no es definitivo; el fracaso no es fatal: el valor para continuar es lo que cuenta”.

 


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