Opiniones

Otra cara de Áurea

Observaciones de la reportera que cubrió el juicio

Siempre sentí cierta fascinación por el caso de Áurea Vázquez Rijos, la mujer señalada como la autora intelectual del asesinato de su esposo, el empresario canadiense Adam Anhang. Lo que no sabía, es que la oportunidad de cubrir su juicio me permitió verla de una manera totalmente diferente a como la veía antes.

No digo que es inocente. En realidad, fueron muchas las pruebas que apuntaban hacia ella. Pero parte de esas mismas pruebas, me hicieron verla como una mujer diferente a la que vi desde un principio: fría, calculadora y sin escrúpulos. Y puede ser muchas de esas cosas aún, pero me sorprendió grandemente ver lo que parecía ser una relación unida y llena de amor con su familia. No me podía explicar cómo una persona que luce amorosa con su núcleo, en un momento privado cuando no es observada por nadie, fuera capaz de destruir el corazón de otra de la manera en que pasó: con un violento crimen.

En la sala del juez Daniel Domínguez desfilaron como prueba varios correos electrónicos en los que Áurea conversaba desde Italia con su hermana Marcia. En esos mismos correos, había frases específicas en las que la acusada daba muestras de afecto a su familia.

Mientras muchos se sorprendían con la expresión “todos estamos en el mismo bote”, que parecía incriminarla cada vez más, yo no podía parar de leer “No te molestes con mami. Es una mujer mayor y siempre va querer lo mejor para ti”. Me pareció alocada la manera en la que podía pasar de una casi confesión a la ternura y comprensión que le daba a su mamá Carmen Rijos, una mujer mayor, a quien pocas veces se le vio pasar por la sala del tribunal.

Me cuestioné muchas veces, en qué momento el dinero parece valer tanto como para provocar dolor, poner en riesgo tu libertad y sentirte superior. También me pregunté si de verdad Áurea daba valor al dinero, porque algo que nunca pude entender es cómo esperas recibir $8 millones y ofreces $3 millones — casi la mitad de la fortuna que querías — para que se “haga el trabajo”. ¿Mal cálculo? ¿Nunca pensaste pagar? ¿Mentira? Nunca se sabrá con certeza.

Este caso giraba sobre credibilidad y confiar en testigos.

Tocaba confiar en el testimonio del asesino confeso, Álex “El Loco” Pabón, relacionado a los encuentros, el plan y la ejecución del crimen, porque no hubo videos que pudieran evidenciar los encuentros en El Hamburger, o testigos, meseros o bartenders que pudieran corroborar que, en efecto, allí estaban todos sentados. Esto es confiar, así como se confió en el testigo que señaló a Jonathan Román como el atacante inicial, quien era inocente.

Ahora bien, el respaldo a este testimonio vino con las evidencias mostradas por el fiscal José Ruiz, quien se dedica al crimen de cuello blanco y, como él mismo dijo, lo manejó de tal manera que pudo hilvanar todo el caso. Su excelente indagación en los correos puso sobre la mesa todo el movimiento de los acusados y las comunicaciones incriminatorias que pudieron dar peso a las versiones de “El Loco”, que a veces parecieron divagar. ¿Y la carta de cobro? Pues fue una buena ficha, sin embargo, siempre me quedará la duda de por qué si “El Loco” conocía tan bien a los acusados, se refería a Marcia como “Marcial”. Mi impresión fue que parte de su testimonio fue un poco exagerado.

Al final del juicio, escuché al padre de Adam, Abraham Anhang, decir que después de 14 años se hizo justicia para su hijo. Sentí parte de esa satisfacción, porque el orden natural de la vida no es que los hijos se vayan primero que los padres. Eso, debe ser un verdadero infierno.


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