Música

Roma disfruta del genio musical de Ennio Morricone

Interpretó sus mejores bandas sonoras

Ennio Morricone subió hoy a las tablas de las Termas de Caracalla de Roma, tomó la batuta y sin mediar palabra desplegó su mundo de bandas sonoras que le consagraron a lo largo de seis décadas, cautivando así en esta primera tarde noche de verano.

El público recibió al compositor de 90 años en pie, con una gran ovación, y ágil se sentó ante la orquesta y el coro para dirigir sus obras más célebres. Con las primeras notas, los pájaros abandonaron en desbandada las ruinas de este imponente yacimiento arqueológico al aire libre, donde la Ópera de Roma celebra su temporada estival.

Las gradas estaban a rebosar en esta apacible primera noche estival, con sus 4,500 asientos, y los seguidores enseguida reconocieron los primeros acordes de la apertura: llegaban "Los Intocables" (1987).

En la primera parte del concierto, dedicada a la épica histórica, el maestro evocó el Chicago de los Años 1930 con los gangsters y Eliot Ness, para después viajar al frío Ártico con la música de "La tienda roja" (1969) o recordar aquel tórrido romance que el español Pedro Almodóvar creó en "¡Átame! (1990).

Pero acto seguido, una potente armónica anunció lo que la mayoría esperaba, el frenético ritmo de los "spaghetti western" de Sergio Leone, que alimentaron la imaginación de generaciones enteras.
Las Termas de Caracalla se impregnaron del aquel imaginario polvoriento con el ritmo trepidante de "El hombre de la armónica" de "C'era una volta il West" (1968) y con "El éxtasis del oro" de "Il buono, il brutto, il cattivo" (1966).

Pero Morricone también tuvo un guiño a las películas del Oeste más recientes, como es el caso de "The hateful eight" de Quentin Tarantino, cuya partitura le valió el Óscar en 2016, el segundo del italiano después del honorífico.

Pero rápido la noche también adquirió un aire de fado, gracias a la espectacular voz de la cantante portuguesa Dulce Pontes.

Interpretó la banda sonora de "La luz prodigiosa" (2003), el tema de "Sostiene Pereira" (1995), la adaptación que se hizo de la novela homónima de Antonio Tabucchi, protagonizada por Marcello Mastroianni, y la música de "Queimada" (1969), con Marlon Brando.

Como no podía ser de otra manera, el maestro romano coronó su actuación con uno de sus grandes clásicos, el que compuso para "The Mission" (1986), y todos pudieron recordar a aquel misionero jesuita (Jeremy Irons) tocando el oboe en las profundidades de la selva amazónica.

Era el momento de la música "comprometida", en la que resonaron los sonidos metálicos, siderúrgicos, de "La classe operaia va en paradiso" (1972) o las trompetas bélicas de "La batalla de Argel" (1966).

En el descanso, los niños del coro de la Ópera de Roma cantaron una obra compuesta por Morricone en 1994 y que lleva por título "El silencio, el juego, la memoria", e interpretaron su segunda parte, la del juego, un tema divertido, un jolgorio de voces agudas.

Esta cita en las termas de la capital italiana era especial para el maestro, no solo porque es la ciudad en la que nació en 1928, sino porque forma parte de la gira con la que pronto pondrá punto y final a sus actuaciones en vivo, a sus aclamados conciertos.

Una ruta que le ha llevado en los últimos años por 35 ciudades de toda Europa, congregando a un total de 650.000 personas, y que acabará el próximo 29 de junio en el Festival de Verano de la ciudad toscana de Lucca (centro). Será el broche final de su largo adiós.

Una despedida doble porque el maestro también ha avanzado que no tiene ninguna intención de seguir componiendo para el Séptimo Arte, pues prefiere dedicarse a la "música absoluta", según ha defendido recientemente en un acto de premiación en el Coliseo Romano.

Eso sí, Morricone hará una excepción en caso de que se lo pida su amigo, el cineasta Giuseppe Tornatore, con quien ha trabado en todas sus cintas desde que lo hicieran por primera vez en "Nuovo Cinema Paradiso" (1988).

En cualquier caso esta noche en Roma recabó el aplauso de los asistentes, entregados totalmente a su arte, y tras un bis, abandonó el escenario del mismo modo en el que hizo acto de presencia tres horas antes, al comienzo de la noche: en silencio y ovacionado.


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