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SAN JUAN WEATHER
Educación

Las cuitas de doña Keleher

No es que la Secretaria sea 'gringa'.

Cuando se pone en venta un bien público, situación que debe ser de extrema excepción, se ofrece mucho más que una simple propiedad. Se liquida una inversión que fue hecha con el esfuerzo acumulado de una generación, o si se hizo un prestamo, con el esfuerzo convertido en contribuciones o arbitrios de una generación futura.

Ese ejercicio de vender algo que nos pertenece a todos es un acto de enajenación muy particular que supone haber descartado el valor del bien social y del bien común albergado por aquella adquisición inicial, y el ejercicio de un deber de fiducia en el acto de decidir la venta, en la fijación del precio y en la ejecución de las garantías que aseguran que el producto de la venta encaminará nuevos proyectos de mucho mayor provecho.

Pero va todavía más allá en el caso de cierto tipo de bienes, como lo sería un espacio común o una escuela. Cuando se ejecuta una escuela, se vende tambien una historia, un cúmulo de vivencias y un lugar repleto de significados y de significantes. Se deshace un lugar de esperanzas pasadas y se clausura e interrumpe un proyecto de futuro.

Estos tres párrafos no describen a plenitud, sin embargo, lo que se pierde cuando se vende una escuela, pues no se toma en cuenta la comunidad misma que habita dentro de la comunidad escolar, ni los lazos de afecto y apego de la comunidad circunvecina. Tampoco se toma en cuenta la condición de centro comunitario que ocupa la escuela. Gravita en estas no sólo la formación inmediata de sus alumnos, sino el centro de apoyo, de gestión y de autogestión más próximo a una comunidad viva, a la cual se le cercena una parte de sí, cuando la escuela se cierra, se transforma en otra cosa para otras gentes y cuando sus ocupantes son desplazados a otro lugar.

Una escuela cerrada, vendida y reciclada muestra las huellas de un rotundo fracaso; presenta una cicatriz muy honda y muy larga proyectada en el tiempo pasado y futuro, y sobretodo, en el rostro comunitario mutilado del presente. Pero una escuela cerrada para entregarla a la especulación y enriquecimiento privado es un hecho simplemente impresentable.

Estudie y crecí en la escuela pública en la parte suburbana minimalista que se expandió más allá de los cascos de los pueblos e incluso más lejos. Esas escuelas dieron cabida a los 'baby boomers' que fuimos a vivir en las decenas de miles de casas de tres cuartos y un baño que se abrieron paso sobre terrenos agrícolas desde fines de los años cincuenta, a lo largo de los sesenta y hasta temprano en la decada del setenta. Estas urbanizaciones tenían muy poco reservado a la vida comunitaria, si acaso, un parque de pelota y una cancha, y en casos excepcionales un área comunal. Todas las comunidades tenían su Iglesia o templos que iban desarrollándose a medida que llegaba algún sacerdote o que egresaba alguien del seminario evangelico o de algún curso por correspondencia.

Era una vida relativamente sencilla. Casi todo el mundo iba, adultos y niños, de la casa al trabajo y a la escuela, y de la escuela y el trabajo a la casa. Muchos trabajaban en comercios y fábricas lejanas, por lo que se dependía de la transportación pública y del carro que empezó a popularizarse a medida que la transportación pública --donde la había-- empezó a escasear. De esta forma, muchas de estas casas vieron brotar marquesinas que eran lugares de juego hasta que el carro era guardado de noche.

Un proceso parecido me han contado, sucedía paralelamente en parcelas y barrios. La población terminó masivamente concentrada en el mundo urbanizado aunque se mantuvieron segundas unidades y otras escuelas en la zona rural. De esta forma el inventario de escuelas creció y aunque hubo siempre escuelas y salones hacinados, lo cierto es que el modelo de escuela masiva nunca prevaleció excepto para algunas escuelas secundarias.

A nivel primario, la escuela --en la ruralía y en la ciudad-- se estructuró siempre como un universo relativamente pequeño y como un centro de la comunidad. Ignorar este hecho social, sociológico y existencial es un error de marca mayor, ahora que están en fuga inversionista, cientos de escuelas que han sido y se proyecta cerrar.

Una escuela cerrada o lanzada forzosamente a la especulación monetaria representa entonces, muchas cosas. Es el rostro de un país en cierre, en desintegración y en fuga. Es un golpe a la memoria colectiva e individual de las personas, de los que fueron estudiantes, trabajadores y maestros y de los miembros de esa comunidad. Representa para las comunidades el despojo de millones de huellas de afecto, un desgarramiento y una perdida no natural e inexplicable.

Cualquiera que piense que esto es como mover de lugar un tiesto merece ser titular, y a lo mejor lo es, de una caduca y corrupta burro-cracia.

Para las comunidades que habitan en cada escuela --porque son varias a la vez-- representa la precarización de sus vidas. Alejar a un niño de su comunidad para ir a otra diferente, que a lo mejor está, para colmo, físicamente distante, puede resultar una fractura. Si ese estudiante tiene condiciones especiales que hacen más difícil su aprendizaje la desorientación puede ser el signo de la discontinuidad de su proceso de mejoramiento. Un salón extraño, acaso sin los equipos especiales, se sumará a una escuela extraña en un entorno extraño, con un maestro que probablemente será distinto. Esto puede echar para atrás mucho del progreso que puede haber tomado largo tiempo alcanzar.

En esta 'escuelas receptoras' --ay Yadiel-- aumentará tambien el número de estudiantes que deberán ser atendidos. Si la situación de la educación especial es complicada hoy con maestros y recursos insuficientes, ¿cómo será cuando aumente la matrícula por salón y los recursos sean menores? Estos casos --y hay actualmente 106,000 en el Registro de Educación Especial-- no se atienden echándole más agua a la sopa. Elemental… no se trata de un mero asunto de cantidades, hay ingredientes cualitativos ireplicables que exigirán mucho más recursos y energías para lograr similares o mejores resultados.

En el caso de las escuelas con niños de educación especial integrados a la corriente regular o que están en salones contenidos, se está creando un enjambre de un monstruoso maltrato institucional aún mayor que el que existe. Todo ello por la venta o alquiler a precios de quemazón, por la carencia de datos y de metodo para cuantificarlos y clasificarlos; todo ello por la falta de cumplimiento con las estipulaciones del caso Rosa Lydia Velez, por la desidia, la insensibilidad, la insensatez y la abulia de burócratas que saben de educación lo que una mosca sabe de astronomía.

¿Cúal será el plan del plan? Esa es la pregunta, como decía el otro. ¿Por que cerrar 283 escuelas más? ¿Por que pasarlas por $1 al año en alquiler a especuladores y mercaderes? No quisiera pensar que pronto se dirá que algunos de los inquilinos nuevos serán corporaciones de escuelas e institutos privados sectarios a los cuales tambien le engrasarán el negocio con vales educativos. No olvidemos que la extracción de dinero público para la educación privada que podrá quitarse a la enseñanza pública según la nueva 'reforma', puede llegar al 10% de los estudiantes. El asunto está en corte ya y ni la letra de la ley, ni el razonamiento jurídico han cambiado en dos decadas, pero las mareas y la vida traen sorpresas.

De manera que la tormenta perfecta está dispuesta y el alineamiento macabro de los planetas tambien: cierre de escuelas; venta o alquiler alargado de escuelas a precios risibles; privatización posiblemente sectaria de esos planteles escolares y nuevos vales educativos para su subvención. ¿Es que acaso en el país se ha acabado la vergüenza, sea la propia o la ajena?

No puede dejar de mencionarse el crimen contra las escuelas públicas del metodo Montessori. El traslado de estudiantes y personal o su posible dispersión parcial o total, supone un delito que es irrebasable. Son un tercio de esas escuelas las que han sido enviadas al cadalso. Algo de historia, y la conozco de cerca, viene al punto.

A fines de los años ochenta y a principios de los años noventa el Departamento de Educación amasó una lista de escuelas cerradas o por cerrar que serían puestas a la venta. La justificación entonces --y es más vieja que el frío-- era la baja en la matrícula.

En Guaynabo, en la cartera #2, cerca de las Ruinas de Caparra, ocurrió un proceso de intento de desmantelamiento de una escuela. Comenzaron a dejar de darle cariño en el D.E., le quitaron cursos u oferta academica, la descuidaron y estimularon por no decir forzaron la baja en matrícula hasta conseguir cerrarla. Esta escuela llamada Juan Ponce de León estaba en un sector pobre del barrio Juan Domingo, sector rodeado por varias urbanizaciones 'de cache' como Villa Caparra, Tintillo, Víctor Bragger y un poco más allá Garden Hills. Juan Ponce de León era la escuela de los pobres que iba desde primero hasta sexto. Un preescolar exitoso se había instalado en la biblioteca Tomás Blanco y de sus madres y padres combativos se empezó a gestar un movimiento para rescatar del cierre una joya de bienes raíces salivantes como era en ese lugar la Juan Ponce de León.

Bajo la dirección de la comunidad y de una joven profesora doctorada en Harvard, Ana María García Blanco, y con la solidaridad de vecinos y una que otra fundación, se gestó y creó la primera escuela comunitaria en el país con una junta de padres y maestros vocal y efectiva en un nuevo modelo de gobernanza.

Esa escuela consiguió que el D.E. pagase los sueldos del personal, pero que la escuela pudiese intervenir en la selección del mismo. Se incorporaron madres, voluntarios y hubo un envolvimiento que rebasó las verjas y portones. Esta escuela, la Juan Ponce de León, adoptó el metodo Montessori y ha tenido por las pasadas tres decadas un record extraordinario: cero deserción, cero conflictos violentos, resultados notables en las pruebas de aprovechamiento e indices de admisión altísimos de sus egresados a las universidades. El modelo de esa escuela ha sido llevado y adaptado a más de cuarenta comunidades escolares en Puerto Rico durante el pasado cuarto de siglo.

La comunidad es el eje motor de este modelo de aprendizaje, apertura y crecimiento. Padres y madres participan de la toma de decisiones, colaboran en proyectos e incluso en los pasillos y los salones. Los estudiantes no están ubicados en un grado particular, ni son ajorados en las tareas, se dedican a estas intensamente porque las mismas los involucran y les atraen, simplemente no pueden soltarlas. Dadas estas condiciones, cerrar una escuela Montessori de corriente regular o de salones contenidos y trasladarla lejos de su comunidad, es simplemente una condena de muerte. Cualquiera que piense que esto es como mover de lugar un tiesto merece ser titular, y a lo mejor lo es, de una caduca y corrupta burro-cracia.

La prensa del lunes trae la noticia de que el Departamento de Educación está revisando unas listas de escuelas a cerrarse, pero que no es una revisión… Uno no sabe ya que pensar. Resulta difícil deslindar en esa entidad lo que es raciocinio o simple cantinflada; resulta difícil separar lo que es negligencia simple de truquería grosera; duda uno de si este es un Departamento hecho para educar o si se utiliza ahora para el embrutecimiento colectivo.

Hay mucha gente que está cansada de tanto insulto a la inteligencia que dimana de ese lugar. Que conste, que no es porque la Secretaria 'sea gringa'. La inmensa mayoría de los estadounidenses tienen que ser más inteligentes y capaces.

*El autor es exlegislador del Partido Independentista Puertorriqueño y asesor en legislación y administración gubernamental.

Los municipios del PPD no han hecho un censo de la reducción de estudiantes en sus escuelas. (Archivo / NotiCel)

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