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Una Constitución para la historia

Columna del presidente del Senado José Luis Dalmau Santiago.

José Luis Dalmau Santiago.
Foto: Luis Alberto Lopez

Cuando Luis Muñoz Marín izó la bandera puertorriqueña para fundar la Constitución del Estado Libre Asociado, abrió las puertas a una nueva era en la historia política y social de Puerto Rico.

Era el momento en que se consagraban las grandes luchas por la obtención de derechos y poderes políticos, mientras el pueblo batallaba contra la pobreza extrema que arropaba su entorno.

La historia de nuestra Constitución -muchas veces olvidada y pocas veces reconocida- encierra lo mejor del ser puertorriqueño. Obra diseñada y redactada por compatriotas procedentes de diferentes ideologías, se convertía en la hoja de ruta de las aspiraciones colectivas que se reflejan claramente en los textos de nuestra Constitución.

Al iniciarse -el 17 de septiembre del 1951- la redacción de la Constitución por una Convención Constituyente compuesta de 92 delegados, se daba inicio a un momento histórico e irrepetible para todos.

Era un grupo de patriotas, de buena voluntad y representativos de los tres sectores políticos –autonomistas, estadistas y socialistas– quienes unieron sus mentes y corazones en la noble tarea de sembrar las esperanzas para las futuras generaciones.

Al concluir la gesta, el 6 de febrero del 1952, es decir, cinco meses más tarde, los constituyentes terminaron sus trabajos con la enorme satisfacción de haber cumplido el deber de redactar una Constitución que se adelantaba a sus tiempos, que garantizaba más derechos individuales que la Constitución de los Estados Unidos y que creaba un modelo legislativo novel en donde un tercio de los asientos de la Asamblea Legislativa siempre estarían ocupados por los partidos de minorías.

Era una Constitución de vanguardia, que contiene una Carta de Derechos ejemplar, que ordena la conservación de nuestros recursos naturales, que delimita los poderes de cada rama constitucional y que establece claramente los lineamientos para ejercer un gobierno fiscalmente responsable que muchos, lamentablemente, no respetaron.

Al aprobarse, Puerto Rico se colocaba en un lugar especial ante los países del mundo, ya que fueron sus ciudadanos -a través de sus constituyentes- quienes conformaron y plasmaron sus anhelos en un documento legal que ordenaba la vida de millones de compatriotas que aún no habían nacido.

Pero no creo que exista una mejor descripción de ese momento histórico, que las palabras vertidas por los propios protagonistas de ese hecho.

Al aprobarse la Constitución del ELA el delegado Luis Muñoz Marín dijo: “No creo que haya pueblo en el mundo que haya tenido una lucha más difícil por la libertad. Antes de conquistarla colectivamente, Puerto Rico se vio obligada a crearla. En el sector de la libertad política, la ha tenido que crear, no tan solo obtener, a fuerza de espíritu, no de armas. El orgullo que otros pueblos ponen en la sangre victoriosa, Puerto Rico lo pone en el pensamiento creador”.

El delegado estadista Luis A. Ferré sostuvo: “Al cerrar sus trabajos en esta convención constituyente, solo me resta decir que regreso a mi hogar tranquilo con mi conciencia porque creo honradamente que, dentro de las difíciles circunstancias en que, como minoría, hemos tenido que desempeñar nuestra encomienda, hemos realizado importantes logros que, de acuerdo con nuestro personal criterio, facilitan la defensa y protección de nuestros ideales y nuestros principios y cumplen con el mandato que aquí nos trajo…

También me voy satisfecho, como puertorriqueño, porque a pesar de la discrepancia que nos ha mantenido y aún nos mantiene separados en cuestiones fundamentales, hemos llevado a cabo nuestro trabajo en un plano de elevada actitud cordial y de nobles motivaciones. Eso nada más sería suficiente, compañeros, para que yo me sintiera orgulloso de haber participado en las deliberaciones de un grupo de compatriotas tan distinguidos”.

Y don Lino Padrón Rivera, presidente y delegado del Partido Socialista, concluyó los trabajos con las siguientes palabras:

“Después de haberse firmado la Constitución, la delegación socialista que tengo el alto honor de presidir desea expresar que siente una profunda satisfacción por haber cumplido un deber patriótico cooperando en el deseo mutuo de todos los partidos aquí representados por el éxito de tener una constitución que encarna la conciencia de nuestro pueblo…

Lo que costó encarcelamientos, sangre y lágrimas en el pasado, en lucha desigual contra la explotación capitalista, se sanciona y consagra ahora por el entendimiento común de los ciudadanos que integramos esta asamblea constituyente y no tengo dudas de que todo el pueblo de Puerto Rico tendrá una clara comprensión de este hecho al ratificar con sus votos nuestra Constitución”.

Con esas palabras y los votos afirmativos de estos tres compatriotas y 85 delegados adicionales, se escribía una página gloriosa de la historia de nuestro pueblo, la cual quedó plasmada para la posteridad, cuando un mes más tarde, el 3 de marzo del 1952, el 82% de los puertorriqueños validaron con sus votos, la conquista mas grande del pueblo de Puerto Rico.